Lo importante (ficcion historica)
Desde su volanta el general Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano veía la figura importante de la quinta, estaba llegando a la bajada que concluía en ese rio grande y de color marronplateado en esa tarde.
Había decidido aceptar la invitación de un personaje singular que era el dueño de la quinta, Juan Martín era siempre un hombre con ideas claras sobre estrategias a aplicar en su periplo, por eso sin dudarlo, a pesar del calor de ese Enero, había decidido quedarse en San Isidro antes de salir para la Villa del Rosario, después viajaría tratando de observar palmo a palmo ese río fundamental que alimentaba al otro mayor, al que estaba ante sus ojos, no conocía bien al Paraná pero iba esta vez a mirar de una forma particular el curso del río. Lo haría mirándolo al revés, de sur a norte, como tratando de entender de atrás para adelante esa patria nueva, que aparecía como un regalo recién envuelto que muchos querían desatar.
También debía recibir del dueño de casa el mando del Ejercito del Norte, un escuadrón formado para defender al suelo de esa región, sobre todo para expulsar a los godos y mandarlos más allá del canal de Panamá.
Los ombúes de la quinta parecían conocerlo en su llegada, aunque el no recordaba haber estado aquí, era su primera vez, siempre le habían hablado de esos robustos árboles que parecían necesitar un pintor para ingresar a la inmortalidad, para alcanzar a ser esos recuerdos oleosos, los admiraba ahora como esa encarnación viva que salía de la tierra negra del suburbio bonaerense que crecía día a día.
Desensillando dejó la tarea en su ayudante, el fiel Cosme, debía recordarle cambiar esa montura que le molestaba en la entrepierna, seguramente seguirían viaje cuando Juan Martín terminara su informe, unos días después, irían para San Nicolás, pasando por San Pedro. Allá en la villa del Rosario lo esperaba la tropa que iría a llevarlo al Tucumán, buscando y empujando godos, hasta mandarlos a su casa porque estaba seguro que aquí no tenían ya nada que hacer.
Allá lo esperaba el Brigadier, junto con personal de la quinta, los que seguramente atendían la vida de esos árboles que le parecían lindos, y era la primera vez que dejaban de ser una mata indefensa para convertirse en algo fresco y acogedor.
El dueño de casa llevó al General hasta una de las habitaciones a la que estaba destinado y le pidió que se encontraran dos horas después en el salón donde comenzaría su informe de situación, cuando esa trasmisión comenzó los dos hombres solos se miraban ante cada situación difícil entendiendo que las cosas no serían nada fáciles para la Revolución.
-Sin duda deberemos avanzar hacia el Norte
-Si, es preciso llegar hasta Tucumán
-Quizás llegar más lejos y regresar si quedan restos de godos
-General, no lo envidio en lo más mínimo
-Tenga fé, nuestra gente hará el milagro de asegurar la vida en estas tierras
-Todavía recuerdo nuestras vicisitudes en Chuquisaca,
-Mañana estaré partiendo, no tengo más tiempo Brigadier
En ese momento entró a la habitación Blanquita la sobrina del Brigadier, Manuel Belgrano clavó la vista en la joven y se presentó, ella le correspondió con una de esas sonrisas discretas revelando la admiración de conocer al hombre más brillante de la revolución de Mayo, hace casi dos años.
-General, a sus órdenes
-Perdón soy yo el que necesita sus órdenes
El general entonces salió de la casa admirando las riberas del fastuoso río que se veían desde esa barranca y dicen que ella pasó muy cerca de él casi rozando sus charreteras, cuando volvió a la habitación el dueño de casa le ofreció llevarlo hasta su lugar de sueño y el revolucionario aceptó, sabía que los días que venían necesitaban de su descanso.
Con sus ojos entrecerrados pensó en ella, era realmente bella, y tan suave como esas nubes blancas que aparecían en sus sueños más profundos, los ojos de la niña habían causado impacto en el hombre de derecho devenido en guerrero.
Pensó y repensó la situación, le hubiera gustado tenerla cerca en su campaña, pero era durísimo para una niña de familia. Pedirle que lo espere un imposible, cuanto sería el tiempo, meses, años, no podía saberlo, había cosas más importantes en su camino.
Al día siguiente en la partida volvió a verla, otra vez esos ojos claros y esa mirada profunda, su nombre le sonaba, Blanquita, Blanca, quería pedirle ese tiempo que necesitaba para aclarar su confusa mente. Estuvo otra vez cerca, cuando se despidió de ellos, y continuó en el viaje con el recuerdo.
Siempre dijeron los escasos conocedores de esta historia que en esa mañana, que en esa mirada, que en ese repetir de Manuel en el viaje que tanto revivía ese nombre compuesto de Blanca Celeste, que allí quedaron fijados para siempre los colores de nuestra bandera.
Había decidido aceptar la invitación de un personaje singular que era el dueño de la quinta, Juan Martín era siempre un hombre con ideas claras sobre estrategias a aplicar en su periplo, por eso sin dudarlo, a pesar del calor de ese Enero, había decidido quedarse en San Isidro antes de salir para la Villa del Rosario, después viajaría tratando de observar palmo a palmo ese río fundamental que alimentaba al otro mayor, al que estaba ante sus ojos, no conocía bien al Paraná pero iba esta vez a mirar de una forma particular el curso del río. Lo haría mirándolo al revés, de sur a norte, como tratando de entender de atrás para adelante esa patria nueva, que aparecía como un regalo recién envuelto que muchos querían desatar.
También debía recibir del dueño de casa el mando del Ejercito del Norte, un escuadrón formado para defender al suelo de esa región, sobre todo para expulsar a los godos y mandarlos más allá del canal de Panamá.
Los ombúes de la quinta parecían conocerlo en su llegada, aunque el no recordaba haber estado aquí, era su primera vez, siempre le habían hablado de esos robustos árboles que parecían necesitar un pintor para ingresar a la inmortalidad, para alcanzar a ser esos recuerdos oleosos, los admiraba ahora como esa encarnación viva que salía de la tierra negra del suburbio bonaerense que crecía día a día.
Desensillando dejó la tarea en su ayudante, el fiel Cosme, debía recordarle cambiar esa montura que le molestaba en la entrepierna, seguramente seguirían viaje cuando Juan Martín terminara su informe, unos días después, irían para San Nicolás, pasando por San Pedro. Allá en la villa del Rosario lo esperaba la tropa que iría a llevarlo al Tucumán, buscando y empujando godos, hasta mandarlos a su casa porque estaba seguro que aquí no tenían ya nada que hacer.
Allá lo esperaba el Brigadier, junto con personal de la quinta, los que seguramente atendían la vida de esos árboles que le parecían lindos, y era la primera vez que dejaban de ser una mata indefensa para convertirse en algo fresco y acogedor.
El dueño de casa llevó al General hasta una de las habitaciones a la que estaba destinado y le pidió que se encontraran dos horas después en el salón donde comenzaría su informe de situación, cuando esa trasmisión comenzó los dos hombres solos se miraban ante cada situación difícil entendiendo que las cosas no serían nada fáciles para la Revolución.
-Sin duda deberemos avanzar hacia el Norte
-Si, es preciso llegar hasta Tucumán
-Quizás llegar más lejos y regresar si quedan restos de godos
-General, no lo envidio en lo más mínimo
-Tenga fé, nuestra gente hará el milagro de asegurar la vida en estas tierras
-Todavía recuerdo nuestras vicisitudes en Chuquisaca,
-Mañana estaré partiendo, no tengo más tiempo Brigadier
En ese momento entró a la habitación Blanquita la sobrina del Brigadier, Manuel Belgrano clavó la vista en la joven y se presentó, ella le correspondió con una de esas sonrisas discretas revelando la admiración de conocer al hombre más brillante de la revolución de Mayo, hace casi dos años.
-General, a sus órdenes
-Perdón soy yo el que necesita sus órdenes
El general entonces salió de la casa admirando las riberas del fastuoso río que se veían desde esa barranca y dicen que ella pasó muy cerca de él casi rozando sus charreteras, cuando volvió a la habitación el dueño de casa le ofreció llevarlo hasta su lugar de sueño y el revolucionario aceptó, sabía que los días que venían necesitaban de su descanso.
Con sus ojos entrecerrados pensó en ella, era realmente bella, y tan suave como esas nubes blancas que aparecían en sus sueños más profundos, los ojos de la niña habían causado impacto en el hombre de derecho devenido en guerrero.
Pensó y repensó la situación, le hubiera gustado tenerla cerca en su campaña, pero era durísimo para una niña de familia. Pedirle que lo espere un imposible, cuanto sería el tiempo, meses, años, no podía saberlo, había cosas más importantes en su camino.
Al día siguiente en la partida volvió a verla, otra vez esos ojos claros y esa mirada profunda, su nombre le sonaba, Blanquita, Blanca, quería pedirle ese tiempo que necesitaba para aclarar su confusa mente. Estuvo otra vez cerca, cuando se despidió de ellos, y continuó en el viaje con el recuerdo.
Siempre dijeron los escasos conocedores de esta historia que en esa mañana, que en esa mirada, que en ese repetir de Manuel en el viaje que tanto revivía ese nombre compuesto de Blanca Celeste, que allí quedaron fijados para siempre los colores de nuestra bandera.
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