La Flor de la canela

(Narrador comienza cantando con voz melodiosa), :
Jazmines en el pelo y rosas en la cara/ Airosa caminaba la flor de la canela
Derramaba lisura y a su paso dejaba/ Aromas de mistura que en el pecho llevaba
Las mujeres limeñas eran tan seductoras que los hombres estaban casi en erupción permanente, como resistir a esa saya ajustada, ese invento del demonio, una falda tan ceñida que modelaba la trasparencia de la forma de las mujeres, desde la nalga al tobillo, falda que era como un guante de ante sobre ese cuerpo grácil y compensado.
Ellas resumían en conjunto lo mas granado de esa ciudad que dejaba en el medio del siglo de las luces, el 17, sus aires de campo para comenzar a despuntar como ciudad.
También españolas o mestizas usaban riquísimas telas y abundantes encajes, un manto que les tapaba parte de su cara y llenaban sus dedos de sortijas, tenían numerosas pulseras en cada movimiento de brazos, las diademas les daban un brillo inusitado, y las perlas esa tersura que les quedaba tan bien, las llamaban las tapadas, con ese arquetipo que habían adoptado en la época, embozadas por una mantilla que les ocultaba la mitad de su cara jugaban con picardía indisimulada y parecían ser dueñas de caprichos y tiranías.
Eran portadoras de la tradición morisca, en la ciudad mujer, la devocionaria Lima, todo se adaptaba para que ellas corrieran, con su gracia impostada, asegurando alegría a los salones que las albergaban, agregando devoción a su gracia, algo que llenaba de placer los arcos,llegaba hasta las bóvedas, a las Iglesias que surgían por doquier para recibirlas, a las calles adoquinadas que las veían pasar con su caminar ondulante y sibilino, con ese sensualismo singular.
Porque las mujeres se tapaban el rostro para salir a la calle, para ir a una ciudad ungida de un místico recogimiento, fruto de líricas letanías que flotaban en el ambiente.
La mas famosa, la mas arrojada de ellas no era limeña de nacimiento, solo de adopción, era de Huanuco, la sierra cercana, y había llegado junto con una oleada interna que desplazaba a la gente del campo a la ciudad, se llamaba Micaela Villegas Hurtado, la llamaban Miquita y era una rara síntesis de ingenio, agilidad incesante, malicia y agudeza. Coqueta, supersticiosa, derrochadora, amante del lujo, de las joyas, conocedora de los perfumes y adicta a las flores.
Era una comedianta que solo con su voz, llegaba a comunicar tan bien sus sentimientos, que el interlocutor quedaba extasiado, prendado. Era para ella un tiempo de conflictos amorosos indefinidos, surgidos de relaciones cambiantes y hombres descartados, pero aún deseosos de volver a caer en sus redes. También con recambios, hombres nuevos y con golondros, ilusionados.
La ciudad se llamaba Lima, la época era virreinal, el año del señor de 1761, no era moderna ni antigua, era la aldea de caña y barro que se transformaba en ese conglomerado de casas de colores, de esperanzas sujetas a dos poderes casi indiferenciados el político ligado al eclesial, porque la conquista se había hecho en nombre de un Dios pero necesitaba administraciones férreas que la gestionaran, que cobrara impuestos y que remesara, pero también que ilusionara con obras y progreso local, para que los nativos sintieran la protección del Rey.
Crecía la ciudad, porque había emprendedores, ilusiones, construcción, servidores que cumplían sus tareas, gente que llegaba de la sierra, de la costa, del mar, de todos los puntos cardinales, inventos que asomaban, huevos de aves ponedoras que se requerían a raudales, a raja bonete, porque la mezcla de clara de huevo con arena producía la unión firme de los ladrillos gigantes que necesitaban las Iglesias, palacios, casas, salas de reuniones, y además estaban las luces de la calles, tenues pero reales, que permitían desmentir que la noche había llegado en la ciudad de los Reyes.
El virrey que hoy llega a Lima es el treinta y primo, ha salido de Valparaíso hace una semana, nació en el comienzo del siglo y llega sin esposa a su nuevo destino, se llama Manuel Cayetano de Amat y Junient, y aunque militar de origen ha dado pruebas de su enorme interés por la Arquitectura, por la realización de esas obras que el Rey no cuestiona.
Viene a su nuevo destino después de gestionar la Capitanía de Chile, las que junto a Charcas son las más mentadas de estas tierras duras, donde el indio no se rinde y vuelve con su barbarie para combatir la civilización.
Sustituye al conde de Superunda que después de 16 años de dura tarea ha pedido su relevo. Le llega al virrey treinta la jubilación merecida después de fundar ciudades, soportar terremotos, manejar conflictos y contar siempre con la tenacidad de enseñar a cada habitante, la necesidad del trabajo individual y colectivo como creación de riquezas , otorgando durante ese tiempo pruebas de amor al lugar donde desarrolla su vida.
Se afirma que Amat es justo y recto hasta el rigorismo, celoso de los intereses públicos y personales, fiel a su rey, inteligente, con un equipo ordenado donde sobresale un andaluz de Sevilla, Carmelo Montes de Torres Morenas que ejercía la administración y el ordenamiento de las tareas, cosas que ya venían de hacer en Chile. Llega con la consigna de mantener a raya desde la extensa Costa del Perú y en concordancia con Chile al gran número de filibusteros que asolan la región. Esos bandidos que necesitan siempre de la llegada a Puerto para abastecerse y continuar con sus pingues negocios. Negocios que perjudicaban tanto a España como a Inglaterra, Francia y Portugal. Tiene casi 61 años, muchos para su tiempo, pocos para lo que falta realizar todavía, necesita más, también tiene proyectos y le gusta acceder a desafíos.
Su tarea prolífica le había dado ya réditos, su Rey, Carlos III, lo ha ordenado con la Cruz de San Jenaro y puede también distribuir a su arbitrio veintidós hábitos de caballeros de diversas órdenes entre los vecinos más destacados.
El virrey arquitecto como se lo llamó, cambio en poco tiempo la geografía de Lima, construyo Iglesias, paseos, a todo le dio ese matiz criollo de los que trabajaban en las Obras, imponiendo el anhelo fastuoso sobre la sencillez de los habitantes primitivos. Así nació la ciudad barroca, churrigueresca pero funcional. Sobre ese aburrido plano cuadriculado comenzaban a surgir balcones, ornamentos, casas y palacios que indicaban a quien llegaba que ese lugar sería algo destacado.
Ya es evidente que el alma de la ciudad comienza a sonreír con desenfado, como esas mujeres que tapan en cuotas su rostro para dejar fuera de la vista sus hermosos perfiles, sus sonrisas de monalisas y sus mohines más diversos. Mujeres un tanto frívolas, materialistas a su modo, hermosas en sus grandezas y miserias, hembras con sayas que ceñían sus caderas y un manto que dejaba uno solo de sus ojos al descubierto.
Tras los muros de los jardines granadinos surgen ya las fiestas de las tapadas y de los azulejos, andaluces, y en los conventos la oración es derrotada por el libertinaje que asoma claramente detrás de cada banco, detrás de cada oratorio, detrás de cada anochecer.
Tenía Micaela cerca de los treinta y cinco, con las dotes de la mejor de las limeñas, la seducción que salía de los atributos descubiertos hasta en las uñas de los pies, era ella la que fusionaba la mejor de las variantes en aquella capital elitista desbordada por la llegada de los nuevos limeños, la sonrisa energética de limeña que ríe sin saber bien que pasa, pero que descubre que su sonrisa ingresa serenamente para quedarse para siempre en el receptor.
Su labor teatral la hacía hecho conocida, la proyectaba hacia la imaginación, desbordaba alegría la artista jugando siempre bien sus papeles. Que es la vida una ilusión ?, O será ese breve sueño que es casi disolución?. Lima afrancesada adora a Pierrot pero también pone fichas sobre Arlequín.
Dicen que se conocieron en una tertulia, él la escuchó solamente y se prendó. A su corazón acartonado le llegó esa noche la frescura, y dicen también que allí comenzó ese amor tormentoso, lleno de nubes y de escollos, porque para un hombre con poder y responsabilidades como el, y para una tonadillera como ella, las cosas no debían ser fáciles en ese tiempo, la convivencia estaba compuesta de reproches y suspiros, los encuentros eran mezcla de gozos y de sombras.
Una noche que ella estaba rodeada de admiradores, hombres que la galanteaban sin el menor reparo el virrey en un ataque de celos la llamó, peerraa,… choolaa. Palabras que al salir de su boca en tratamiento dental y con algunas piezas perdidas, deformadas por su acento catalán se transformaron en Perri..choli, como a partir de allí fue conocida.
Muchas veces se encontraban y se acurrucaban dentro mismo de su carruaje, así mientras paseaban dicen que ella le leía con su voz cantarina estrofas, o pasajes, de las Obras que ensayaba, el traía también versos compuestos para ella y entre suspiros e imprecaciones pasaban ese tiempo de jolgorio y felicidad manifiesta, muchas de sus veladas eran de literatura y seducción, que solo interrumpían para bajarse en alguna estación y gozar de esa fresca garúa que comenzaba en Mayo y culminaba en la fiesta del Milagro, en Agosto.
El pedía siempre un rato de amor carnal, y ella sin rechazarlo ponía siempre condiciones, hasta que al final dicen que una noche de Enero, mientras miraban las olas de Pacifico, ella le dijo que solo sería suya si el, mediante su poder, podría bajarle la luna.
Entonces Manuel Amat consiguió imaginar claramente la mejor obra de su vida, una figura que por medio de arcos de estilo francés encerraba la luna y la proyectaba sobre una amplia fuente que hacía las veces de espejo. Hacia allí la llevó Amat sin que ella supiera, esa noche de luna llena, y dicen que fue tan fuerte el impacto que Micaela impresionada por su inventiva cayó esa misma noche a sus pies.
Dicen también que eran tan buenas esas noches que parecían ser interminables pues continuaban en los pensamientos y en las imágenes de los amantes, que el Virrey pasional como era, sanguíneo, vivía esas noches con la juventud de los veinte años. Ella que pedía amor permanente quedaba saciada y sudorosamente exhausta suspiraba repitiendo su nombre, manuel, manuel, sus rasgos de ternura quedaban allí expresados, solo en la intimidad de ese momento.
De sus alianzas agitadas surgieron obras, el paseo de las Aguas, la urbanización del Callao con la Fortaleza de Real Felipe, la Alameda de los descalzos, iglesias como las Nazarenas, escuelas como el famoso convictorio de San Carlos, la nueva Lima nacía, y también nació de su simiente Manuelito Amat y Villegas que prometía ser un verdadero patriota, con ideas libertarias que hacían a su tiempo.
Muchas cosas en Lima, la ciudad virreinal, hacían pensar que el Virrey Amat no era muy religioso. Un pensamiento difícil de sostener dado que la Inquisición ante cualquier duda presionaba, pedía explicaciones en ese tiempo probar lealtad hacia el Rey y devoción al Señor del cielo, todo era trabajoso.
Acabáramos, que no hay enemigos pequeños, daba instrucciones de esa manera el marqués a su administrador, el virrey era muy cuidadoso en sus actos y exigía al andaluz Carmelo Montes pruebas y detalles documentados, el diezmo y sumas mayores eran ingresos corriente en sus obras, así se exigían comprobantes donde se justificara el dinero gastado y el que iba a parar a sus arcas, hay que estar siempre preparado expresaba Manuel Amat.
Una amenaza en épocas de inquisición era siempre por no seguir los lineamientos del poder eclesial, si se estaba allí para servir a los dos patrones. Cuando cosas y enjuagues llevaban a tener que dar explicaciones al Poder clerical, el virrey lo manejaba con eficacia pero no le hacia ninguna gracia, los cambios de favores no eran de su agrado. Había cosas que eran sencillas de explicar pero que se oscurecían al declarar ante ese Tribunal, inquisitivo y mordaz.
El virrey tenia un nombre que impresionaba, el marqués de Castell Bell, era un grande de España, y sus gestiones no pasaban desapercibidas para la grey, así el cuestionado llevaba encima el sambenito de agnóstico, pero daba señales ciertas de su independencia, ese era el verdadero cuestionamiento del poder religioso.
Tenía Lima una gran cantidad de curas, monjas y frailes en sus conventos y toda esa estructura causaba escozor en la dirigencia política que debía proveerla, alimentar su logística, dotarla de recursos que se consumían rápidamente. El virrey era un liberal en materia canónica, un adelantado a su época, influía para que todos esos religiosos tuvieran una vida común y de servicio, quería reformar sus costumbres que no siempre eran tan evangélicas, pero por lo licencioso en sus costumbres y por lo avanzado de sus pensamientos, el virrey tenía ganados algunos enemigos entre las huestes del episcopado.
El tercer personaje de nuestra historia se llamaba Idelfonso Azpelicueta, nativo del puerto del Callao, campanero de la Iglesia del Santo Suplicio, oficio derivado de una compensación a su falta de intelecto que lo había expulsado del Seminario. Ser campanero no era poca cosa en la Lima Colonial, tenía la particularidad de ser un empleo remunerado todos los meses, cosa no frecuente en la época. Pero Idelfonso estaba seguro que el podía ser mejor cura que campanero, estaba harto de cuidar los tañidos de esa Iglesia cercana al Palacio de Gobierno.
Pasados los tres primeros años de los fuertes amores del Emprendedor Virrey con la Perricholi llegó el tiempo de la variedad, el gobernante tenía intereses en otras casas de la gran Lima, había otras amigas visitadas por él, sobre todo en épocas de teatro ya que la artista tenía función hasta tarde. Y aunque el gobernante llegaba a ver a Micaela lo hacía en esas temporadas en forma esporádica.
Fue una de esas noches en que el catalán había salido embozado de palacio para pasar por el frente de la Iglesia de Idelfonso, que las campanas comenzaron a sonar a vuelo, advirtiendo a todos el paso del político. Era que un edicto ya casi olvidado así lo marcaba, las campanas debían repicar cuando pasara por ese pórtico, tanto el Virrey como el Obispo.
Al día siguiente casi toda Lima conocía la salida del Virrey, este explicaba a quien quisiera oírlo que solo había salido a estirar las piernas, y a mirar sobre el terreno las nuevas Obras que emprendería para la Corona el año próximo.
Manuel Amat mandó llamar a Idelfonso después del incidente, le pidió que obviara la orden y este se excusó asegurando que las ordenes estaban para cumplirse, llegaron a un acuerdo después que Idelfonso le expresara que lo conocería, aún embozado, por las hebillas de su calzado.
El campanero le ofreció unas polainas que envolvían su calzado, y el hombre poderoso accedió a usarlas en sus salidas nocturnas, también decidió interceder ante el Obispo para que el campanero pudiera volver al Seminario.
Años después en la misa de despedida del Virrey, este como era su costumbre lo eligió como su confesor, como el bien pensaba consiguió su propósito de ser un buen cura, al mirarlo en acción Amat volvió a pensar en que no hay enemigo pequeño.
Dicen que Micaela Villegas ingresó por gestión de Idelfonso, después de la partida de Amat, al Convento de las Carmelitas donde tiempo antes había donado toda su fortuna, y allí vivió hasta su final en paz, recordando sus largos parlamentos teatrales y los versos de Manuel.
El Virrey retomó en 1776 a Cataluña, volvió ahora al Marquesado de Castelmeiá, se caso con una sobrina cincuenta años menor y murió en la paz del Señor cinco años después de su regreso, su fortuna era ya incalculable y la Iglesia con su consentimiento tomó parte de ella para sostener el Convictorio de San Carlos, establecimiento donde su hijo había comenzado sus estudios. Un hijo americano que cumplió con ser fiel a su bandera, que amó a su ciudad ya transformada y realizó también sus aportes para que el Perú fuera libre y soberano en 1821.
Fina garúa de Junio/ Le besa las dos mejillas
Y cuatro cascos cantando/ Van camino de Amancae
José Antonio, José Antonio/ Porque me dejaste así
Cuando te vuelva a encontrar/Que sea Junio y garue

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