No habrá ninguna igual, no habrá ninguna
Después de leer esa carta - que el filosofo André Gorz escribía a su esposa Dorine -, solo tuve dos sentimientos contrapuestos entre sí, envidia y admiración. Porque la carta expresaba certeramente aquellas palabras sobre las que algún día hubiera querido tener esa misma originalidad, algo que había perdido ya para siempre. Me hubiese gustado tanto haberla escrito yo, pero esas líneas estaban allí y decían :
“Recién acabas de cumplir 82 años. Y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace 58 años que vivimos juntos y te amo más que nunca.
Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más, y llevo de nuevo en mí un vacío devorador que solo completo cuando tu cuerpo se aprieta contra el mío.
Por la noche veo la silueta de un hombre que, en una carretera vacía y en un paisaje desierto, camina detrás de un coche. Es a ti a quien transporta esa carroza.
No quiero asistir a tu incineración, no la soportaría, me niego a recibir una urna con tus cenizas.
Oigo una voz que canta nuestra canción y que dice - el mundo está vacío, no quiero vivir más-. Entonces me despierto, espío tu respiración, y mi mano entonces te acaricia.
A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos confiado que, en caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos “.
Esa carta tan dedicada me dispara otro recuerdo que busco en mi mente, y cuando lo encuentro, lo relaciono y noto que aparece en mí otro sentimiento, esta vez noble, me llega la esperanza en el relato:
Cuenta Ovidio en sus crónicas del Olimpo que un día Júpiter, cansado del néctar y la ambrosía del lugar, aburrido quizás con la monotonía de la lira de Orfeo decidió dar un paseo por la tierra.
Planteó su estrategia para el periplo y decidió hacerlo con las ropas y la apariencia de un pobre vagabundo. Comenzó a pedir asilo y comida notando la poca generosidad de la gente. En las casas de los ricos, estos miraban tras las cortinas después de su llamado y se escondían rápidamente, así que decidió ir a lugares más humildes.
Por eso fue que golpeó las manos ante una pequeña vivienda donde dos personas, mayores ya, lo invitaron a pasar.
Allí instalado el mimetizado Dios fue agasajado, compartieron con el sus reservas, así sacaron un exquisito queso de cabra, unas aceitunas, cebollas en vinagre, las que con esas remolachas eran seguramente la comida de esa noche.
Júpiter se descubrió, para asombro de los viejos, y les indicó que pidieran lo que más quisieran que él estaba dispuesto a concederlo. Les preguntó si querían un palacio, otra casa mejor. Les sugirió también un viaje, o algunas ropas importantes, joyas, todo les fue ofreciendo el Dios. Ellos decidieron pensar y retirándose al cuarto contiguo lo conversaron entre los dos.
Cuando regresaron tenían un pedido
- Queremos que ninguno de los dos quede solo un solo día sin el otro.
- Haz que podamos morir juntos.
El dijo ¡ concedido ¡, casi con lágrimas en los ojos, porque los dioses también se emocionan ante esos pedidos simples pero emotivos.
Así fue que el tiempo pasó y una tarde cuando disfrutaban de una taza de tibio té, y mientras uno miraba al otro con esa mirada cariñosa, vieron, cada cual a su vez, que el otro iba cambiando. Que esos brazos, los que alcanzaban la taza, los que ponían el azúcar con dedicación y cariño se iban transformando. Los dos iban sumando hojas a sus miembros mientras una corteza suave envolvía sus cuerpos. Y los dos, ese hombre y esa mujer, alzaban sus manos para entrelazarlas mientras recordaban la felicidad con la que habían vivido su vida.
Solo tuvieron tiempo de despedirse mientras la eternidad los envolvía, mientras pasaban a otro tiempo. Adiós compañera, gracias por este amor, y ya estaban más juntos. Porque ese roble y ese tilo en el que se habían transformado tenían para siempre un solo tronco.
Quedé pensando, ¿ Será que son estas también dos historias, o será solo una que se enlazan por ese único tronco común ?.
Porque André y Dorine murieron también en una tarde de Setiembre, después de haber ingerido una sustancia que resultó letal para ellos, una sustancia, que quizás como una orden de Júpiter los convirtió también en historia, en amantes eternos que cambiaron de partícula, que desaparecieron de nuestro tiempo, para amar mejor, y para permanecer amando para siempre.
Estoy sentado ahora frente a la carta, mi sentimiento es ya de júbilo, y pienso en los dos. Pienso en esos ellos que se proyectan como un haz de luz en nosotros, y entiendo que es muy bella la historia, la una y la otra, y resulta muy lindo no haber escrito ni las primeras líneas de esa carta.
De ella me atrae ahora una sola estrofa que suena y resuena en mis oídos como un descubrimiento, como si André la hubiera puesto para mí.
“Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más”.
“Recién acabas de cumplir 82 años. Y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace 58 años que vivimos juntos y te amo más que nunca.
Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más, y llevo de nuevo en mí un vacío devorador que solo completo cuando tu cuerpo se aprieta contra el mío.
Por la noche veo la silueta de un hombre que, en una carretera vacía y en un paisaje desierto, camina detrás de un coche. Es a ti a quien transporta esa carroza.
No quiero asistir a tu incineración, no la soportaría, me niego a recibir una urna con tus cenizas.
Oigo una voz que canta nuestra canción y que dice - el mundo está vacío, no quiero vivir más-. Entonces me despierto, espío tu respiración, y mi mano entonces te acaricia.
A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos confiado que, en caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos “.
Esa carta tan dedicada me dispara otro recuerdo que busco en mi mente, y cuando lo encuentro, lo relaciono y noto que aparece en mí otro sentimiento, esta vez noble, me llega la esperanza en el relato:
Cuenta Ovidio en sus crónicas del Olimpo que un día Júpiter, cansado del néctar y la ambrosía del lugar, aburrido quizás con la monotonía de la lira de Orfeo decidió dar un paseo por la tierra.
Planteó su estrategia para el periplo y decidió hacerlo con las ropas y la apariencia de un pobre vagabundo. Comenzó a pedir asilo y comida notando la poca generosidad de la gente. En las casas de los ricos, estos miraban tras las cortinas después de su llamado y se escondían rápidamente, así que decidió ir a lugares más humildes.
Por eso fue que golpeó las manos ante una pequeña vivienda donde dos personas, mayores ya, lo invitaron a pasar.
Allí instalado el mimetizado Dios fue agasajado, compartieron con el sus reservas, así sacaron un exquisito queso de cabra, unas aceitunas, cebollas en vinagre, las que con esas remolachas eran seguramente la comida de esa noche.
Júpiter se descubrió, para asombro de los viejos, y les indicó que pidieran lo que más quisieran que él estaba dispuesto a concederlo. Les preguntó si querían un palacio, otra casa mejor. Les sugirió también un viaje, o algunas ropas importantes, joyas, todo les fue ofreciendo el Dios. Ellos decidieron pensar y retirándose al cuarto contiguo lo conversaron entre los dos.
Cuando regresaron tenían un pedido
- Queremos que ninguno de los dos quede solo un solo día sin el otro.
- Haz que podamos morir juntos.
El dijo ¡ concedido ¡, casi con lágrimas en los ojos, porque los dioses también se emocionan ante esos pedidos simples pero emotivos.
Así fue que el tiempo pasó y una tarde cuando disfrutaban de una taza de tibio té, y mientras uno miraba al otro con esa mirada cariñosa, vieron, cada cual a su vez, que el otro iba cambiando. Que esos brazos, los que alcanzaban la taza, los que ponían el azúcar con dedicación y cariño se iban transformando. Los dos iban sumando hojas a sus miembros mientras una corteza suave envolvía sus cuerpos. Y los dos, ese hombre y esa mujer, alzaban sus manos para entrelazarlas mientras recordaban la felicidad con la que habían vivido su vida.
Solo tuvieron tiempo de despedirse mientras la eternidad los envolvía, mientras pasaban a otro tiempo. Adiós compañera, gracias por este amor, y ya estaban más juntos. Porque ese roble y ese tilo en el que se habían transformado tenían para siempre un solo tronco.
Quedé pensando, ¿ Será que son estas también dos historias, o será solo una que se enlazan por ese único tronco común ?.
Porque André y Dorine murieron también en una tarde de Setiembre, después de haber ingerido una sustancia que resultó letal para ellos, una sustancia, que quizás como una orden de Júpiter los convirtió también en historia, en amantes eternos que cambiaron de partícula, que desaparecieron de nuestro tiempo, para amar mejor, y para permanecer amando para siempre.
Estoy sentado ahora frente a la carta, mi sentimiento es ya de júbilo, y pienso en los dos. Pienso en esos ellos que se proyectan como un haz de luz en nosotros, y entiendo que es muy bella la historia, la una y la otra, y resulta muy lindo no haber escrito ni las primeras líneas de esa carta.
De ella me atrae ahora una sola estrofa que suena y resuena en mis oídos como un descubrimiento, como si André la hubiera puesto para mí.
“Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más”.
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