Tio Fito
Estoy mirando por la ventana y veo, casi sin mirar veo, porque desde la mañana me aparece la sensación de falta, de ser invadida por una tristeza existencial, esa que comunica con el vacío, la falta permanente de algo. La falta de eso que no voy a volver a disfrutar, de esas historias perdidas en el tiempo, en mi tiempo. Historias donde sentía y aprendía, historias de mi vida en otras épocas, anécdotas que creía perdidas. Donde jugaba y vivía, historias donde veía disminuir acreencias, valores que se iban, quizás en un sentido material que en ese momento intentaba recuperar sin saber para que, solo porque sentía que eran de él, de ese mi tío.
Otra visión, otra óptica, la de hoy, quizás menos material o más espiritual. Todo relacionado con el mazazo que acabo de recibir, ese golpe artero en el que mezcla dolor, con la noticia que evado, con esta indulgencia primaria que le otorga sorpresa. La que me hace ver a quien murió con esa simple aceptación de sus deseos, los que veo cumplidos y también esos irrealizados que no conozco.
Murió tio Fito, tengo todavía el teléfono en la mano, llamó Marta la señora que estaba a su cargo desde la partida de Leonor, esa ama de llaves fiel durante cincuenta años, la que atendió también a Brígida su madre, ella que también murió hace casi cinco años. La que conoció a mi tia Lela y alentó con cariño el romance de Fito. La que lo vio con su ilusión intacta en esos primeros días, cuando el amor aumentaba su alegría.
Pienso también en ella, en su muerte, y entiendo que allí comenzó la decadencia de Fito, al que siento como mi tio. Ahora recién estoy reaccionando, pensando en la noticia y me cuestiono hasta ese parentesco, porque recapacito y colijo, que el nunca se casó, que mi tia Lela no tuvo legalmente a su marido y eso hace que fuera solo ese tio de la vida, tio por elección. Afectivamente también mi tio, porque nada me impide que lo haya sentido como ese tío de la vida, a ese hombre generoso, culto, generador de historias bien contadas. Dueño de la alegría que desde hoy siento que comenzaré a extrañar aunque otros la suplan. Aunque mi vida siga llenándose con otras sensaciones, su recuerdo, casi intacto, estoy seguro que continúa. Así como continúa la vida de mi tía, su prometida de casi cincuenta años, a quien esa muerte la asegura como soltera. Creo que esas sensaciones me llevan a contar la historia de ese tío putativo, de ese personaje a quien esta llamada telefónica me hace recordar.
Historia ligada a un Buenos Aires desaparecido, a esa ciudad sin campo, a esa burguesía formal instalada en petit hoteles, esas casas grandes, que pudiendo alojar familias mas numerosas, solo contienen en su intimidad a los sobrevivientes de un país que cambia. A tres personas que sobreviven allí como en una isla.
En este caso a Fito con su madre y su ama de llaves, conviviendo en la perfección de esa casa con cuadros de marcos conspicuos, de porcelanas de Limoges, de balustradas brillantes y doradas en las escaleras.
En mi memoria veo la casa con esas habitaciones cerradas, veo quietud en sus interiores, veo ese ascensor que me lleva al tercer piso clausurado por la seguridad de una individualidad manifiesta que impediría ante una eventualidad la advertencia de una falla, y así impedir que tío Fito quede encerrado ese fin de semana en un pequeño ascensor.
Como quedó y lo veo, lo veo ya encerrado en la Biblioteca Nacional durante ese fin de semana, que fue el único de su vida donde Lela, mi tía, no supo nada de él, suerte que su ascetismo le hizo disminuir sus necesidades y el lunes fue encontrado, intacto, entero, optimista como siempre. Quizás su amigo Bioy, el muchacho de los Casares, lo haya estimulado para resistir, aguantar en ese bastión de letras impresas acomodados en anaqueles, para seguir culturizando su vida, como ese fin de semana, como todos los días de su vida sin trabajo activo, sin sudor, con lecturas, con polémicas, con pérdidas que aumentan, con fatigas físicas que comienzan.
Habrá sido así tan simple un encierro sin programa, o tío Fito se habrá tropezado en esa Biblioteca cerrada con el famoso libro de la Arena, aquel que llevaba el vendedor de Biblias y que fue escondido en sus anaqueles para evitar males mayores, si hubiera sido así, su sabiduría para mí sería más que evidente. El encontró ese libro, y en ese fin de semana lo leyó casi de corrido. En esas páginas Fito se munió de todas esas verdades, verdades de a puño que conocía sin haberlas practicado. Y ahora recuerdo, siento como me vuelven las desventuras de mi padre cuando Fito, sin haber ido a Málaga detallaba esa isla de San Fernando, esa, que según él los romanos habían llamado Antínópolis y los visigodos invasores la habían llevado a una crisis severa, la Isla donde ya había nacido el Camarón más famoso. La que albergaba fenicios desde el 1100 antes de Cristo, Fito dixit, Y recuerdo a mi padre visitante reciente de Cádiz con el asentimiento a sus dichos, a su pesar, por no haberlo digerido fácilmente. Todo expresado con ese conocimiento tan certero, que hacía preguntarnos por la singularidad de su cultura, por su aprendizaje sin límites evidentes. Por todo eso que deslumbraba a Lela y le hacía aceptar su falta de decisión, lo que para nosotros resultaba falta de compromiso y para ella, para mi tía, era solo ese motivo más de comprensión, de cercanía, de ósmosis que introduce directo al conocimiento.
Veo ahora en el resplandor del vidrio de la ventana su cara, veo sus facciones angulosas, su cara semejando a un Clark Kent antes de su transformación, veo sus ojos tan abiertos casi saltando de la órbita veo en su cara esa expresión de alegría manifiesta, y veo, ese pelo sedoso y renegrido casi planchado a cada lado con esa raya prolija y dedicada, y veo su risa, su sonrisa singular mas bien veo.
No se me ocurre como despedirlo, quizás lo haga sin pena como pensando en la resignación que pueda aparecerme y me permita esas interpretaciones diferentes a las realidades, al saber que ya no estará. Al reconocer que no podré mas viajar con él en el doble Faeton descapotable, o salir en ese Bentley blanco y negro, único, mirando el tapizado de cuero casi rojo con el que nos llevaba a pasear cuando niña. Donde me hacía conocer sin disimulo, como una guía Filcar ilustrada, esa geografía pequeña de los cien barrios porteños. Cien dijiste Fito, me parecían menos, pero si lo afirmás vos, yo solo creo en tu palabra.
Si cien, y avanzamos porque Buenos Aires todavía sigue en expansión, Buenos Aires es distinta, quizás porque te tengo a vos. Recuerdo ahora no solo el auto, sino las veces que este tío al que hoy veo, bajando de ése y no otro auto, con el ramo de fresias coloridas, o de jazmines olorosos. Diciendo a Lela con esa voz tan impostada.
- Flores, flores para embellecer a esta mi reina inmaculada.
O esas palabras en francés tan pronunciadas, que estremecían a esa mujer dulce y cariñosa, a esa mujer hermosa y delicada que era mi tía, la hermana querida de mamá a quien visitaré esta tarde. A quien le esconderé la noticia de esa muerte, porque es imposible que el veneno que da la vida, haya hecho tanto efecto sobre Romeo, quiero certificar mejor su ausencia, y entonces, estoy segura que lloraremos juntas y enlazadas, porque desde hoy nuestro cariño por él, siendo distinto, ya entra en una nueva empatía.
Me veo ahora a mí misma bajando del auto, veo su estructura y su umbral en forma de parrilla, de hierro fundido, donde coloco mi pié pequeño, siento el roce del organdí de mi vestido sobre mi rodilla y salto, salto hacia arriba primero cayendo casi sobre el pasto donde veo rosas, donde también veo ese verde tan intenso, tan mullido. Donde observo sin poder enternecerme a los dos amados, a Lela y a Fito, tomados de la mano y caminando, a los dos en la misma dirección con el mismo sentido y con una velocidad tan reducida que les permite mirarse a los ojos. Me parece ver el amor entre sus formas, entre la falda de ella y el echarpe blanco de él, del que acabo de saber que no estará más con nosotros, que lo perdimos, y mi sensación, mi energía, esta puesta en imaginar que ese mundo que retrotraigo está, que continua en esa parte de mi memoria, en mis neuronas y existe.
Que podré volver a él cuando desee, que otros podrán vivirlo, que yo no moriré, que no soy como todas, porque tu muerte Fito, me trae sin quererlo recuerdos de la mía que aun no existe, que era hasta ayer algo impensado.
Me alegro tanto de entender que encuentro fuerzas para seguir con mi periplo, para alejarme un poco de la ventana y llegarme hasta ese plato de Limoges con su paisaje bucólico que el describiera con acierto, el, mi tio Fito, situándola en una Normandía desconocida para mí y con la que polemizara con mi padre que no entendió, como hoy yo hago, que al conocimiento no se llega solo por una estada más o menos prolongada en el tiempo. También se llega por la profundidad de lo trasmitido, se llega mamando, se aumenta por libros, se incrementa con vivencias recogidas, porque hay dotados que tienen ese rápido transito neuronal. Veo y entiendo que hay dotados como vos Fito.
Como no revivir sus dichos, hoy que me avisan que nunca más veré su pañuelo azul de seda asomando de su bolsillo superior, como parte de esa elegancia practica y refinada
- Es cierto Alberto, que vas para Mendoza
- Si Fito quiere que le traiga vino?
Esta diciendo Alberto mi marido, mientras oigo, con esa solicitud que todos tienen para el gran personaje registrado.
- Si la verdad es, que necesito otros favores
- Dígame Fito, si yo puedo
- Es sobre un campo, un campo grande
- Sabe las coordenadas, donde queda ?
- No, tengo que consultar al escribano, esta tarde sin falta lo averiguo, cuando viajas Alberto ?
- Creo que el sábado, a la mañana bien temprano.
- Te tengo todo listo y te das una vuelta porque debe hacer treinta años que no recibo paga.
- Pero es suyo ?
- Si, si lo tenía alquilado, lo que paso es que me fui como olvidando y en esto solo el ojo del amo…
- Trataremos Fito de encontrarlo, pero mire que Mendoza es grande.
- Si pero era ahí nomas de la ciudad, como un suburbio.
Nunca aparecieron esos datos, como nunca, o como siempre, creímos en el y su indiferencia terrenal sobre la propiedad privada, hoy pienso que sería para Fito mucho mas importante el amor a Lela que el expresado hacia la propia tierra ?.
- También tuvimos campo en Ataliva Roca, por cerca de Bahía, pero esos inquilinos mandaban a mamá, chorizos, cerdos y algunos años nos depositaban.
Son preguntas que afirmo y ratifico, embajador de amor, tío soltero, cónsul de la elegancia, discípulo de Armani a quien no conociste, solo por no quedarte más tiempo en un Paris sin Lela.
También recuerdo el cierre de esa casa cuando Fito la deja abandonada casi y dice, es buena idea ir a cenar afuera, por lo menos es lo práctico, Después del abandono de ese nido que albergando una vez a los tres pájaros se queda circunscripto al solitario cóndor que ya no vuela solo, Él, que solo volaba con su Lela, regresando al romance continuado en ese tiempo exagerado para el normal de los mortales. Por qué cincuenta años sueña a mucho en ese amor apasionado, porque suenan a mucho solo cincuenta años de novio enamorado ?. Hubiera sido diferente para todos, no para el, que entendió como nadie que el casamiento era solo esa celada tendida por una naturaleza programada.
El auto abandonado ya crepita, el dueño del garaje lo visita y Fito ya decide, hagan con ese Bentley lo que quieran, quítenme ese problema que el oxido es mortal y tengo penas. Incrustación y sarro, aumentan los delirios y el tío, mi tío, no se escapa, igual que no se escapa el auto.
Ahora ya es la mano, el hombro duele y fuerte, la comida molesta sin gustar y Fito se abandona, las fuerzas lo abandonan y no come.
Reaccioná tio pienso yo, y solo pienso, quien podrá hacer que el viejo enamorado vuelva a nosotros y entregue su alegría. Alegrías en barras y así sigo pensando. Es preciso una posta, que alguien, quizás mis hijos, ya que está sin retoños tía Lela. Sería injusticia manifiesta que no diéramos con nuevos tios Fitos, y estén en mi familia, Sino lo conseguimos el mundo está en cierto peligro. Podrán ser los que siguen señores egoístas, donde habrán de abrevar los desprendidos ?.
No me gusta comer, Fito transita ya un camino errado, El hombro siempre duele, quejas del hombro, no hay voluntades que mejoren. Morfinas que aparecen para disminuir la voluntad quebrada, pienso que en Recoleta lo esperarán los ángeles de a cientos, no morirá en Paris de madrugada. Lo está haciendo en Juncal esta mañana, lo sienten en Palermo, la Biblioteca tendrá los libros lloriqueando por un tiempo, el Rosedal no cuenta pero una nube moja todo, y no desaparece. Todo llega a un final, los escribanos dirán que cuando no pueda firmar será el final, los médicos indican que sin respirar él habrá muerto.
Veo sin querer ver en esta hora, lo veo consumar mis desventuras, van a esperar por él sus muchos inquilinos, los ángeles levitan en el medio, lo miran lo acomodan, su sonrisa destaca, nunca vieron un muerto que sonriera, y sigo viendo y ya lo veo con mirada destacada, y sigo viendo y lo veo inmutable entrar en bóveda prestada.
Otra visión, otra óptica, la de hoy, quizás menos material o más espiritual. Todo relacionado con el mazazo que acabo de recibir, ese golpe artero en el que mezcla dolor, con la noticia que evado, con esta indulgencia primaria que le otorga sorpresa. La que me hace ver a quien murió con esa simple aceptación de sus deseos, los que veo cumplidos y también esos irrealizados que no conozco.
Murió tio Fito, tengo todavía el teléfono en la mano, llamó Marta la señora que estaba a su cargo desde la partida de Leonor, esa ama de llaves fiel durante cincuenta años, la que atendió también a Brígida su madre, ella que también murió hace casi cinco años. La que conoció a mi tia Lela y alentó con cariño el romance de Fito. La que lo vio con su ilusión intacta en esos primeros días, cuando el amor aumentaba su alegría.
Pienso también en ella, en su muerte, y entiendo que allí comenzó la decadencia de Fito, al que siento como mi tio. Ahora recién estoy reaccionando, pensando en la noticia y me cuestiono hasta ese parentesco, porque recapacito y colijo, que el nunca se casó, que mi tia Lela no tuvo legalmente a su marido y eso hace que fuera solo ese tio de la vida, tio por elección. Afectivamente también mi tio, porque nada me impide que lo haya sentido como ese tío de la vida, a ese hombre generoso, culto, generador de historias bien contadas. Dueño de la alegría que desde hoy siento que comenzaré a extrañar aunque otros la suplan. Aunque mi vida siga llenándose con otras sensaciones, su recuerdo, casi intacto, estoy seguro que continúa. Así como continúa la vida de mi tía, su prometida de casi cincuenta años, a quien esa muerte la asegura como soltera. Creo que esas sensaciones me llevan a contar la historia de ese tío putativo, de ese personaje a quien esta llamada telefónica me hace recordar.
Historia ligada a un Buenos Aires desaparecido, a esa ciudad sin campo, a esa burguesía formal instalada en petit hoteles, esas casas grandes, que pudiendo alojar familias mas numerosas, solo contienen en su intimidad a los sobrevivientes de un país que cambia. A tres personas que sobreviven allí como en una isla.
En este caso a Fito con su madre y su ama de llaves, conviviendo en la perfección de esa casa con cuadros de marcos conspicuos, de porcelanas de Limoges, de balustradas brillantes y doradas en las escaleras.
En mi memoria veo la casa con esas habitaciones cerradas, veo quietud en sus interiores, veo ese ascensor que me lleva al tercer piso clausurado por la seguridad de una individualidad manifiesta que impediría ante una eventualidad la advertencia de una falla, y así impedir que tío Fito quede encerrado ese fin de semana en un pequeño ascensor.
Como quedó y lo veo, lo veo ya encerrado en la Biblioteca Nacional durante ese fin de semana, que fue el único de su vida donde Lela, mi tía, no supo nada de él, suerte que su ascetismo le hizo disminuir sus necesidades y el lunes fue encontrado, intacto, entero, optimista como siempre. Quizás su amigo Bioy, el muchacho de los Casares, lo haya estimulado para resistir, aguantar en ese bastión de letras impresas acomodados en anaqueles, para seguir culturizando su vida, como ese fin de semana, como todos los días de su vida sin trabajo activo, sin sudor, con lecturas, con polémicas, con pérdidas que aumentan, con fatigas físicas que comienzan.
Habrá sido así tan simple un encierro sin programa, o tío Fito se habrá tropezado en esa Biblioteca cerrada con el famoso libro de la Arena, aquel que llevaba el vendedor de Biblias y que fue escondido en sus anaqueles para evitar males mayores, si hubiera sido así, su sabiduría para mí sería más que evidente. El encontró ese libro, y en ese fin de semana lo leyó casi de corrido. En esas páginas Fito se munió de todas esas verdades, verdades de a puño que conocía sin haberlas practicado. Y ahora recuerdo, siento como me vuelven las desventuras de mi padre cuando Fito, sin haber ido a Málaga detallaba esa isla de San Fernando, esa, que según él los romanos habían llamado Antínópolis y los visigodos invasores la habían llevado a una crisis severa, la Isla donde ya había nacido el Camarón más famoso. La que albergaba fenicios desde el 1100 antes de Cristo, Fito dixit, Y recuerdo a mi padre visitante reciente de Cádiz con el asentimiento a sus dichos, a su pesar, por no haberlo digerido fácilmente. Todo expresado con ese conocimiento tan certero, que hacía preguntarnos por la singularidad de su cultura, por su aprendizaje sin límites evidentes. Por todo eso que deslumbraba a Lela y le hacía aceptar su falta de decisión, lo que para nosotros resultaba falta de compromiso y para ella, para mi tía, era solo ese motivo más de comprensión, de cercanía, de ósmosis que introduce directo al conocimiento.
Veo ahora en el resplandor del vidrio de la ventana su cara, veo sus facciones angulosas, su cara semejando a un Clark Kent antes de su transformación, veo sus ojos tan abiertos casi saltando de la órbita veo en su cara esa expresión de alegría manifiesta, y veo, ese pelo sedoso y renegrido casi planchado a cada lado con esa raya prolija y dedicada, y veo su risa, su sonrisa singular mas bien veo.
No se me ocurre como despedirlo, quizás lo haga sin pena como pensando en la resignación que pueda aparecerme y me permita esas interpretaciones diferentes a las realidades, al saber que ya no estará. Al reconocer que no podré mas viajar con él en el doble Faeton descapotable, o salir en ese Bentley blanco y negro, único, mirando el tapizado de cuero casi rojo con el que nos llevaba a pasear cuando niña. Donde me hacía conocer sin disimulo, como una guía Filcar ilustrada, esa geografía pequeña de los cien barrios porteños. Cien dijiste Fito, me parecían menos, pero si lo afirmás vos, yo solo creo en tu palabra.
Si cien, y avanzamos porque Buenos Aires todavía sigue en expansión, Buenos Aires es distinta, quizás porque te tengo a vos. Recuerdo ahora no solo el auto, sino las veces que este tío al que hoy veo, bajando de ése y no otro auto, con el ramo de fresias coloridas, o de jazmines olorosos. Diciendo a Lela con esa voz tan impostada.
- Flores, flores para embellecer a esta mi reina inmaculada.
O esas palabras en francés tan pronunciadas, que estremecían a esa mujer dulce y cariñosa, a esa mujer hermosa y delicada que era mi tía, la hermana querida de mamá a quien visitaré esta tarde. A quien le esconderé la noticia de esa muerte, porque es imposible que el veneno que da la vida, haya hecho tanto efecto sobre Romeo, quiero certificar mejor su ausencia, y entonces, estoy segura que lloraremos juntas y enlazadas, porque desde hoy nuestro cariño por él, siendo distinto, ya entra en una nueva empatía.
Me veo ahora a mí misma bajando del auto, veo su estructura y su umbral en forma de parrilla, de hierro fundido, donde coloco mi pié pequeño, siento el roce del organdí de mi vestido sobre mi rodilla y salto, salto hacia arriba primero cayendo casi sobre el pasto donde veo rosas, donde también veo ese verde tan intenso, tan mullido. Donde observo sin poder enternecerme a los dos amados, a Lela y a Fito, tomados de la mano y caminando, a los dos en la misma dirección con el mismo sentido y con una velocidad tan reducida que les permite mirarse a los ojos. Me parece ver el amor entre sus formas, entre la falda de ella y el echarpe blanco de él, del que acabo de saber que no estará más con nosotros, que lo perdimos, y mi sensación, mi energía, esta puesta en imaginar que ese mundo que retrotraigo está, que continua en esa parte de mi memoria, en mis neuronas y existe.
Que podré volver a él cuando desee, que otros podrán vivirlo, que yo no moriré, que no soy como todas, porque tu muerte Fito, me trae sin quererlo recuerdos de la mía que aun no existe, que era hasta ayer algo impensado.
Me alegro tanto de entender que encuentro fuerzas para seguir con mi periplo, para alejarme un poco de la ventana y llegarme hasta ese plato de Limoges con su paisaje bucólico que el describiera con acierto, el, mi tio Fito, situándola en una Normandía desconocida para mí y con la que polemizara con mi padre que no entendió, como hoy yo hago, que al conocimiento no se llega solo por una estada más o menos prolongada en el tiempo. También se llega por la profundidad de lo trasmitido, se llega mamando, se aumenta por libros, se incrementa con vivencias recogidas, porque hay dotados que tienen ese rápido transito neuronal. Veo y entiendo que hay dotados como vos Fito.
Como no revivir sus dichos, hoy que me avisan que nunca más veré su pañuelo azul de seda asomando de su bolsillo superior, como parte de esa elegancia practica y refinada
- Es cierto Alberto, que vas para Mendoza
- Si Fito quiere que le traiga vino?
Esta diciendo Alberto mi marido, mientras oigo, con esa solicitud que todos tienen para el gran personaje registrado.
- Si la verdad es, que necesito otros favores
- Dígame Fito, si yo puedo
- Es sobre un campo, un campo grande
- Sabe las coordenadas, donde queda ?
- No, tengo que consultar al escribano, esta tarde sin falta lo averiguo, cuando viajas Alberto ?
- Creo que el sábado, a la mañana bien temprano.
- Te tengo todo listo y te das una vuelta porque debe hacer treinta años que no recibo paga.
- Pero es suyo ?
- Si, si lo tenía alquilado, lo que paso es que me fui como olvidando y en esto solo el ojo del amo…
- Trataremos Fito de encontrarlo, pero mire que Mendoza es grande.
- Si pero era ahí nomas de la ciudad, como un suburbio.
Nunca aparecieron esos datos, como nunca, o como siempre, creímos en el y su indiferencia terrenal sobre la propiedad privada, hoy pienso que sería para Fito mucho mas importante el amor a Lela que el expresado hacia la propia tierra ?.
- También tuvimos campo en Ataliva Roca, por cerca de Bahía, pero esos inquilinos mandaban a mamá, chorizos, cerdos y algunos años nos depositaban.
Son preguntas que afirmo y ratifico, embajador de amor, tío soltero, cónsul de la elegancia, discípulo de Armani a quien no conociste, solo por no quedarte más tiempo en un Paris sin Lela.
También recuerdo el cierre de esa casa cuando Fito la deja abandonada casi y dice, es buena idea ir a cenar afuera, por lo menos es lo práctico, Después del abandono de ese nido que albergando una vez a los tres pájaros se queda circunscripto al solitario cóndor que ya no vuela solo, Él, que solo volaba con su Lela, regresando al romance continuado en ese tiempo exagerado para el normal de los mortales. Por qué cincuenta años sueña a mucho en ese amor apasionado, porque suenan a mucho solo cincuenta años de novio enamorado ?. Hubiera sido diferente para todos, no para el, que entendió como nadie que el casamiento era solo esa celada tendida por una naturaleza programada.
El auto abandonado ya crepita, el dueño del garaje lo visita y Fito ya decide, hagan con ese Bentley lo que quieran, quítenme ese problema que el oxido es mortal y tengo penas. Incrustación y sarro, aumentan los delirios y el tío, mi tío, no se escapa, igual que no se escapa el auto.
Ahora ya es la mano, el hombro duele y fuerte, la comida molesta sin gustar y Fito se abandona, las fuerzas lo abandonan y no come.
Reaccioná tio pienso yo, y solo pienso, quien podrá hacer que el viejo enamorado vuelva a nosotros y entregue su alegría. Alegrías en barras y así sigo pensando. Es preciso una posta, que alguien, quizás mis hijos, ya que está sin retoños tía Lela. Sería injusticia manifiesta que no diéramos con nuevos tios Fitos, y estén en mi familia, Sino lo conseguimos el mundo está en cierto peligro. Podrán ser los que siguen señores egoístas, donde habrán de abrevar los desprendidos ?.
No me gusta comer, Fito transita ya un camino errado, El hombro siempre duele, quejas del hombro, no hay voluntades que mejoren. Morfinas que aparecen para disminuir la voluntad quebrada, pienso que en Recoleta lo esperarán los ángeles de a cientos, no morirá en Paris de madrugada. Lo está haciendo en Juncal esta mañana, lo sienten en Palermo, la Biblioteca tendrá los libros lloriqueando por un tiempo, el Rosedal no cuenta pero una nube moja todo, y no desaparece. Todo llega a un final, los escribanos dirán que cuando no pueda firmar será el final, los médicos indican que sin respirar él habrá muerto.
Veo sin querer ver en esta hora, lo veo consumar mis desventuras, van a esperar por él sus muchos inquilinos, los ángeles levitan en el medio, lo miran lo acomodan, su sonrisa destaca, nunca vieron un muerto que sonriera, y sigo viendo y ya lo veo con mirada destacada, y sigo viendo y lo veo inmutable entrar en bóveda prestada.
Hola, Manuel, me gustó tu relato, es muy cálida la pintura de ese tío tan entrañable. Y es muy elegante tu manejo del idioma. Pero… tal vez sea porque te conozco personalmente, a través del relato escucho tu voz, y el cambio de género del narrador me resulta un poco incómodo. Como siempre les digo en el grupo, yo no soy ni he sido docente, por eso puedo decirte sin repetirme a mí misma: ¡Muy bien, Manuel, sigue así!
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