Plantando semillas

Es el momento de iniciar la gira, creo que saldremos hoy por la tarde de San Salvador, esa tacita de plata y el lugar donde nos recibieron tan bien, aunque no tan bien como en la hospitalaria y cercana Palpalá, lo cierto es que Juan Carlos Canedo, nuestro compañero, ese amigo grande, el veterano que oficia de director, se siente conforme y se muestra exultante. Pocas veces lo vi tan motivado, porque el, es mas bien taciturno y todo le parece en principio difícil. Muchas veces somos nosotros los que lo ponemos en acción con nuestras ansias juveniles, los que lo empujamos, para moverlo en busca de nuevas actuaciones.
Lo sé un poco tímido, pero lo miro estudiar el camino abriendo planos entre sus piernas, donde luce su único pantalón, el de corderoy marrón, que cumple tan bien sus funciones en las mañanas frías, y es tan poco amigable en esas tardes de sol fuerte de esos lugares donde estamos pasando ahora, Con la sensación de subir esos cerros hasta estar mas cerca del sol.
Las obras que traemos, y que elegimos por votación democrática son ideales para nuestro propósito, y las tenemos bien ensayadas, aunque tengo mis dudas sobre si serán las que esta gente necesita. El pueblo no se equivoca dicen los que creen interpretarlo, pero la verdad es que noto cada vez mas, que la gente se distrae bastante durante nuestros parlamentos.
Aunque ayer después de la función tuvimos nuestro ego satisfecho, nos quedamos comentando con los chicos de Filosofía y Letras de Jujuy, que nos vinieron a saludar al finalizar, y se notaba que la actuación les había llegado, que le había dejado algo dentro.
También notaba la extrañeza de la gente cuando representaba a Bolívar, en ese diálogo largo que miraba al público mientras mostraba mi espada, y los llamaba a la revolución, cuando les decía :
- Soy el Libertador de la América toda.
Y miraba a Cesar Andrade que representaba a San Martín. Me sentía henchido cuando lo escuchaba decir,
- Los dos juntos, hermanados, llegaremos a la victoria
y reiteraba entonces
- Americanos el momento ha llegado, hoy el mundo nos mira, la América toda será nuestra, sin tutores, porque nosotros seremos los que la conduciremos a ese destino de grandeza.
Que bárbaro, como se puede ser igual después de una arenga semejante, y yo impostaba, y con la voz cada vez más segura y firme lo remataba con ese
- El momento de las armas ha llegado, la oportunidad es hoy, este es nuestro aquí y esta es nuestra hora, A vencer americanos.
Increíble que un texto alcance esta profundidad, un libro que llega no solo a la platea, puede llegar también hasta la plaza, o hasta el pulpito de esa barroca iglesia, sino lo hace es porque estos americanos a los que nos dirigimos en esta gira pueden estar mirando otra dirección.
Como no pasar de la intelectualidad a las armas después de este discurso. Me esta resultando difícil, y es algo que no me pasaba al empezar la gira, pero advierto que cuando vamos subiendo y nuestro oxigeno disminuye más, baja la atención sobre lo que decimos. Y me pregunto como vamos a hacer para conseguir motivar a estos originarios que nos miran con esa cara inexpresiva, sin conseguir saber si entienden o no, este mensaje.
Hoy llegamos a Tilcara, un punto importante de la gira, esta noche en el club local hay una función a las nueve, que seguramente comenzará cerca de las diez, porque aquí todo es bastante relativo. Al comenzar, y mientras me maquillo, observo como la gente se va como entusiasmando con la obra. La comunidad propuso una de Ionesco. “El camaleón del pastor”.
Una verdadera belleza ya que arremetemos contra la crítica, esas verdaderas sanguijuelas que solo sirven para indicarle al amo que es lo bueno y que es lo malo para que todos se comporten como aves de corral adoctrinadas. Como no ver tan claro la función de estos chupadores de plusvalía. En uno de sus párrafos uno de los horripilantes personajes, que personificaba el Lulo Perez, decía refiriéndose a mí, que simulaba ser el autor Ionesco con una voz casi aflautada.
- Lo vamos a deslomar con nuestras críticas.
Y querían conseguir que escribiera solo lo que ellos querían oír, entonces los espetaba
- Imberbes ya van a ver lo que es bueno, los voy yo a deslomar con mi pluma y de allí al exterminio. Vamos a acabar con esta raza de pelafustanes irascibles.
Esa tarde me sentía bien descansado, el carromato en el que llegamos tenía cuatro camas y en ellas había podido estirarme con comodidad. Como los demás habían salido para visitar esos cerros de colores y ver la naturaleza desde un mirador cercano, pude poner esa música que siempre me llevaba hasta esa profundidad del sueño, después me levanté con tranquilidad y decidí bañarme en la estación de servicio cercana al lugar donde estábamos ubicados.
Fue bueno el baño, tuve que cruzarme semidesnudo mientras espiaba si no venia nadie, con la toalla en el hombro y la jabonera en la otra mano, y después gozar de esa escasa agua tibia que me hacia extrañar la abundancia de la ducha de mi casa, pero era lo que había. No era fácil trabajar para la revolución, y era lo que intentábamos desde la expresión, con ese sacrificio que a mis veinte años, a veces podía parecer hasta exagerado, pero que alguien siempre lo intentaba con la remanida expresión.
- Y cuando lo vas a hacer cuando tengas cincuenta, cuando ya estés mas cerca de la lumbre ?.
Después empecé a repasar mis parlamentos, lo hacia solo y tratando de darme pie a mi mismo, la voz sonaba altisonante en el carromato cuando decía.
- Imbeciles, creéis que vas a hacerme capitular, nunca lo conseguirán, porque no me interesan ninguna de las riquezas que me ofrecen, odio la fama, ni siquiera la necesito, soy incorruptible para ustedes, idiotas, mas que idiotas”.
Extraordinario, dejaba claro que era yo, el autor de tantas comedias, el dramaturgo de moda, el autor de Las Sillas y La cantante Calva, el único dueño de su destino de creador. Sentía cuando lo recitaba que era un hombre libre, un autentico y noble arquetipo y eso me llenaba de mariposas el estómago
Esa noche cuando me maquillaba, sabiendo que iba a recibir demasiada luz de esos focos tan directos que estaban hechos para otra cosa. Puestos como para recibir a un cantor de guitarra y poncho de paisano, hice algo que teníamos prohibido, mirar las caras de los espectadores a los que veía entusiasmados, ya Juan Carlos me había avisado que eso no debía hacerse, era como un llamado a la mala suerte. Notaba a través de los agujeros del telón que los asistentes estaban con una cierta expectativa, Antes de salir mordimos entre todos la manzana, pretendíamos que esa magia creada no se cortara.
Cuando ya todos los personajes circulaban por la escena, y los gritos y discusiones abundaban entre nosotros, y como parte de una especie de monólogo que pontificaba sobre la honradez de nuestros principios. Todo lo que según Canedo, podíamos conseguir, es que después de esa función, todos esos hombres y mujeres que estaban escuchando nuestros parlamentos, fueran mas honrados y nobles, como nunca lo habían sido. Pero allí fue, que note las señales de desinterés.
Cuando terminó ese cuadro me acerqué hasta el director que seguía la obra muy expectante, como si el la viera por primera vez y saludando cada una de mis entradas, allí conseguí la intimidad necesaria para decirle casi en secreto.
- Canedo, estos tipos no entienden nada de lo que les estoy diciendo.
Muy experimentado nuestro director, que seguramente ya había tenido reclamos semejantes, me dio una respuesta que todavía recuerdo porque consiguió motivarme para salir a escena nuevamente, me dijo certeramente:
- Eso es lo que a vos te parece, siempre es así la primera vez que uno escucha estos discursos, pero un día, a ese tipo que parece estar papando moscas, la idea que le dejamos, le va a causar el efecto que buscamos y como un torbellino le va explotar en la cabeza. Ellos en ese momento pensarán, esos actores que un día pasaron tranquilamente por Tilcara, me dejaron esa enseñanza que no voy a olvidar mientras viva. Y eso será, por el efecto de esta noche, por la trasmisión que hoy estamos haciendo, por la semilla que hoy plantamos, porque hoy quizás, sin que se note todavía, estamos sentando las bases de lo que puede ser su verdadera libertad.
Durante mucho tiempo conserve las palabras, las recordé hace unos días. A lo mejor me motivó el ver unas arengas épicas como las de Alejandro hablando a sus tropas, o las palabras de Nelson en Trafalgar, que las recordé claras y muy motivadoras, aceptando hasta la muerte de sus amigos. Y hoy, que mi vida transcurre tan lejos de las tablas, quizás mas lejos todavía de esa revolución que ha quedado como sepultada en el tiempo, cuando siento esa necesidad de justicia que parece siempre estar faltando en el mundo, porque ella está escasa y no siempre suele ser la compañera de nuestro común destino.
Quizás influido por lo que ocurre a mi alrededor y a los acontecimientos que miro desde otro cariz, sin tratar de influir demasiado para hacer ese mundo mejor, porque hoy conozco mis incapacidades para iniciarlo siquiera, es que el recuerdo de Juan Carlos Canedo y su pensamiento idealista se me agiganta. Pienso en el, no como el boletero de la calle Corrientes que hizo su bolsito para ver que podía hacer por esos caminos, sino como uno de esos hombres que agregaron ese granito, los que como Teresa colocaron la gotita que en el mar estaba faltando, para que hoy, en este momento de mi existencia y en su recuerdo agigantado pueda decirle que crecí. Que soy un mejor tipo que ese joven que el conoció, el que acomodaba con nerviosismo su identidad para salir a escena. Cuando era ese chiquilín sin tiempo, el que gozaba tanto con ese aplauso con el que bajaba eufórico de las tablas, y sentía que había cumplido, y cumpliendo con vos, boletero convertido en gran director también lo hacía con el mundo, porque un día que no sabía muy bien cuando sería, por ese teatro que sentíamos juntos, por esa sintonía duplicada, llegaría esa explosión de mentes y poblaríamos al mundo de paz y amor.
Termina aquí mi evocación, hoy que estoy escribiendo esta historia cerca de la lumbre, iluminada para vos admirador de Stalinavsky, seguidor fiel de normas y lecturas aplicadas, que practicábamos hasta el cansancio, para vos descendiente de esos Podestá que admirabas.

Porque hoy siento que aparece Juan Carlos como entonces, con sus anteojos gruesos y el pantalón mal planchado, pero luminoso y encendido desde la profundidad de mis recuerdos, y estoy yo, tratando de encontrarlo en ese under de Corrientes donde siempre vuelve, mirando en las boleterías de esa tu ciudad en la que te refugiaste después de nuestra gira, y desde allá te llamo, casi te lo grito. Viejo Canedo, compañero de tablas y telones mal pintados, amigo cercano que sumó tantas noches a mi cultura, para vos la emoción que se brinda a los grandes y el popular saludo.
- Compañero Canedo, te siento presente, y con tu recuerdo, y con este clavel rojo que arrojo al aire, te digo, hasta la victoria siempre.

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