Mis ojos te han vuelto a ver

Mis ojos te han vuelto a ver

El día era esplendido, habíamos salido de Lima en dirección a Huancayo, íbamos en busca de varias cosas, entre otras del sol que escaseaba en la ciudad desde hacia dos meses y entonces era bueno poder salir en ese fin de semana largo con otro matrimonio amigo, para tratar de conocer un poco más sobre el país donde estábamos radicados desde hace seis meses, y que nos resultaba sumamente atractivo, porque lo disfrutábamos como turistas.
Que hermosas vistas que teníamos desde la ventanilla del coche cuando subíamos en el volks verde que habíamos comprado en el inicio de nuestra aventura peruana y puesto a punto para la ocasión.
Éramos cuatro los pasajeros del auto, adelante manejando iba yo, Manuel, o Manolo como me llamaban familiarmente con mi amigo Rogelio Fernández, un español que era mi compañero de trabajo, un fuerte y recién casado hombre de Madrid, un vikingo rubio y atildado que nos contaba historias de su país amenas y novedosas.
Atrás, conversando animadamente, como siempre lo hacen las mujeres, que no cesaban de hablar de artesanías y compras de artículos que iban a servir para llevar de regalo a parientes y amigos el día que decidiéramos regresar. Iban allí mi dulce y recatada esposa, con la que vivíamos una luna de miel todavía ya que hacía menos de un año que nos habíamos casado, junto a Aída Paz, la esposa de mi amigo, una manchega nacida en Toledo con su animada conversación y de quien ya conocíamos al dedillo toda su familia. Ya que ella con su graciosa forma de hablar nos refería para nuestro conocimiento. Nos gustaba mucho compartir el viaje con estos amigos, para mí Rogelio era no solo un gran compañero de deportes y juegos estaba resultando casi un hermano de la vida, que Dios o la suerte me había asignado en ese lugar, en ese tiempo en que me faltaban algunos afectos, tenía solo el cariño y la contención de mi esposa, pero en lo laboral me sentía un poco solo, sentía aislamiento y tenía algunos temas en esa fase laboral que me abrumaban porque mi conocimiento de las tareas no era total, estaba iniciándome en funciones de mayor responsabilidad y las sentía en mi aparato digestivo con mucha intensidad.
El auto subía y el aire comenzaba a faltar, se sentía la necesidad de oxigeno diferente, antes de salir había realizado algunas investigaciones y había llevado el escarabajo a poner a punto. Yo nunca había subido tanto ya que estábamos yendo de la playa a la sierra peruana y el viaje consistía en llegar hasta unas localidades mineras y seguir hasta donde un Hotel de Turistas nos alojaría durante los tres días de nuestra estada. Me habían contado como llegar y mi mentalidad de sabelotodo y suficiente me permitían ser un experto en subidas, puestas a punto de escarabajos y hasta detalles de minería que se veían vestigios por el camino.
Nuestro primer destino era Chosica, el lugar donde los limeños tomaban sol, ya que durante los meses de invierno un techo de nubes invadía la ciudad, dándole una llovizna o garúa fina, subiendo la sierra y llegando hasta aquí se gozaba del sol que aparecía siempre ya que el techo de nubes quedaba superado a esta altura. Entonces se veían los clubes que aparecían como la solución a la falta de sol que blanqueaba los rostros de todos aquellos que no llegaban a Chosica, que ostentaba el título de la ciudad del sol.
Este era un camino diferente al que solíamos hacer con los amigos españoles cuando íbamos a la playa los fines de semana y jugábamos paleta hasta quedar exhaustos, comíamos nuestras vituallas, y nos contábamos nuestros secretos en la intimidad que nos daba el cansancio y la botella de coca compartida, que era de vidrio, y con la que mitigábamos la sed mortal que nos daba el ejercicio con ese gusto salado en la boca, después un baño de mar y a descansar, quizás la siesta a la sombra de la pared que servía de frontón.
Siguiendo nuestro camino encontramos las minas de cobre que formaban a su alrededor ciudades dormitorio y se notaban esas proveedurías que sirven al empleador para bajar los salarios de los empleados de estas fábricas minas que entregan un producto más elaborado que hace años donde solo se realizaba la extracción. Se veían corretear chicos jugando en esas plazas que arman las empresas y podían observarse también que jugaban en bicicletas las que seguramente proveía la única fuente de adquisición del villorio.
Ropas al viento que soplaba fuerte se secaban al aire libre aprovechando la tarde soleada, nosotros seguíamos por la carretera porque nos interesaba llegar poco después del mediodía, para dormir alguna siesta que nos quitara el stress del camino. En el punto mas alto del viaje, donde alcanzábamos la cima de la sierra, ya que después de ese punto comenzaríamos el descenso hasta Huancayo, notamos que el aire faltaba de una forma, que el auto que estaba preparado para operar a nivel del mar comenzó a sentirlo.
Nos miramos con Rogelio como para no hacer algo que lo advirtieran atrás pero al rato se noto en la tracción, el escarabajo no tiraba, y nos tuvimos que bajar, yo midiendo la luz de platino que era lo que me habían comentado era necesario modificar con ese bajo nivel de oxigeno, al cabo de un rato de pensar con mi amigo decidimos tirarlo carretera abajo, cual no sería la sorpresa al notar que unos kilómetros mas allá el volks reiniciaba la marcha en forma normal.
La alegría de los cuatro integrantes fue total, y comenzamos con nuestros cantos, a la gallina turuleca le sucedió un canto para niños españoles que desconocíamos mi esposa y yo y pusimos nuestra atención para aprenderla, era sobre un pirata que comía pulpo crudo y bebía agua de mar, el maldito pintaba ser malo de verdad. Era la fiesta que precedía la llegada, a lo lejos ya se divisaba la ciudad colonial que nos esperaba.
Llegamos a nuestro hotel y comenzamos el siempre fatigoso acto de inscribirse, lapicera en mano elaborar la historia de nuestra vida es siempre un ejercicio de memoria que resulta tan odioso como molesto.
Llevar arriba las maletas, almorzar algo y tomar un vino regional, y luego la siesta como corolario del viaje que será la puerta de ingreso al turismo que comenzará seguramente con las excursiones de la tarde y enterándonos de todo lo que estas dos parejas bullangueras podrían realizar, siempre que las ganas acompañen, el día seguía agradable pero aquí en la sierra el aire era más frío, por la ventana se veían mover los abedules del camino de entrada al hotel, también había plátanos que al moverse mostraban esa imagen similar a un río al que el sol le llega solo por sectores.
El hotel era muy bonito, un gran edificio de los años cincuenta con techo de tejas coloniales españolas, y con grandes ventanas que incorporaban madera en su marquetería, pintadas de marrón oscuro, con balcones adornados con flores y pintado todo el hotel de un amarillo fuerte como el que se usaba en la colonia. Los peruanos conocían muy bien esa arquitectura que España les había transferido y que ellos habían asimilado tan bien, con un conocimiento local de la técnica y con buenos profesionales que lo ejecutaban adaptando piedras de la región que le daban marco a esa estructura simple y atractiva.
Nuestra primer tarde la usamos para ganar en conocimiento de la región, dando vueltas para saber donde quedaba un mirador que estaba en las guías y nos podría ofrecer una vista general de la ciudad y tomar el mejor aire, ese que con el ozono incorporado nos llenaba los pulmones de aire y nos revivía los alveolos castigados por el cigarrillo y el smog citadino.
Linda y placentera vista con los techos de la ciudad rojos de la teja, se veían también los pocos edificios que levantaban la mirada al cielo, y que se usaban para establecer allí las oficinas, y los lugares de menor necesidad de descanso, aquí lo ideal era gozar de esa estancia tranquila que nos ofrecían.
Las chicas seguían comentando los lugares o ferias donde comprarían esos graciosos adminículos, que sin servir para nada son parte de la vida del artesano, que vive de ese trabajo artístico y creativo.
Nosotros seguíamos comentando las alternativas de los campeonatos de fútbol en Buenos Aires y Madrid, de los merengues y los canallas rosarinos, estos estaban ese año peleando la punta, aunque lo normal para ellos era pelear por los descensos, eso me daba mas jerarquía para hablar del equipo que había sido preferido por el Ché mas famoso, Guevara.
También nos acordábamos de las alternativas laborales, del contador Corrales, que nos pagaba los viáticos, de Dante que siempre nos animaba y de su secretaria Norita, la morocha que rompía algunos corazones, de Paco Álvarez ese amigo que también habíamos encontrado y que sumaba hospitalidad a su trabajo, también de un paisano de Rogelio, Emilio Sánchez, experto total en muchos temas fabriles y así seguíamos con historias que nos resultaban atractivos. También con la comparación de ciudades que nos hacía conocer a los dos el mundo del otro y las costumbres con sus singularidades.
Así con la cena agradable terminó nuestro primer día del fin de semana de sierra y nos despedimos con los amigos ya que no teníamos habitaciones contiguas, nos saludamos afectuosamente sabiendo que el día siguiente sería de mayor actividad, nuestro espíritu aventurero calentaba motores en la agradable y apacible sierra peruana.
El día comenzó con un despertar tranquilo, la vista de mi habitación sobre la sierra era imponente, me levanté despacio tratando de no molestar, cosa que no siempre he conseguía, y me dirigí al comedor del hotel, a un reservado que servía como lugar para desayunar. Al llegar encontré a mi amigo sentado con unas revistas de turismo, unas especies de guías de la región que sirven siempre al propósito de despertar la atención sobre lugares. Decidimos comenzar el desayuno sin esperar a las chicas ya que nuestro apetito lo ameritaba.
Allí el rubio madrileño comenzó a referirme la historia que quiero desarrollar para los lectores, si es que mi memoria no me juega una mala pasada.
De todas formas para compensarlo utilizaré aquella frase conocida y utilizada por quienes deberán quizás deslizar alguna mentira.
- si no e vero e ben trovato.
Rogelio me contó que sus abuelos Ramón y María del Pilar habían estado en Argentina, y su estada había tenido alternativas interesantes que quería referirme, una historia de vida de sus ancestros y quizás una de las razones para que en ese momento, nosotros, con historias de vida tan diferentes como similares nos encontráramos allí, en ese lugar de la sierra peruana dando lugar a nuestras confidencias.
Antes de eso nos llegamos hasta la ventana de ese primer piso y desde allí veíamos que en Huancayo comenzaba una febril actividad que no cejaría a lo largo del día, con gente variopinta que trajinaba en direcciones diversas. Llevaban elementos de subsistencia y otros paquetes y bultos como preparando una serie de locales en la plaza cercana. Era agradable ver en esa gente la cara esperanzada que expresaban sus ganas de vivir, sus deseos de progreso inmediato y sus impresionantes capacidades para el traslado de bultos y objetos.
Rogelio sonriendo me comentó.
- Como curran estos tíos.
Entendí a través de esas expresiones, que expresaba así su admiración por ese grupo de nativos que habían sido organizados por europeos, y de los que un representante parecía estar orgulloso de ese trabajo.
- Linda expresión, pensé.
Fuimos de nuevo a la mesa donde ya nos habían servido el humeante café y las medias lunas que lo acompañarían, así como bizcochos y dulces de la región que podrían hacer las delicias de unos hambrientos comensales, yo encaré decididamente por un dulce de cayote que mostraba orgulloso su linaje de casero. Mi amigo continuó allí con su descripción.
- España era en ese tiempo un Reino donde la miseria estaba muy cercana a sus habitantes, había superado una época de inestabilidad pero la pérdida de colonias y el mal manejo de sus gobernantes, preocupados solo por continuar el despilfarro habían hecho del país un verdadero Apocalipsis.
Mis abuelos recién casados y con proyectos de familia en sus valijas emprendieron un éxodo hacia una América que prometía ser para ellos la concreción de esos proyectos, necesitaban vivir su experiencia y poder ser ellos mismos los hacedores de su destino. Rubén el abuelo era un asturiano fuerte, esas personas para las que el miedo no existe, estaba muy capacitado para tareas diversas, era inteligente, con esa sagacidad que solo da la naturaleza, que llega a través del componente genético y hacían con mi abuela una buena pareja. Ella María del Pilar era una niña casi con sus diez y siete años apenas cumplidos, estaba en proceso de aprendizaje, había sido educada en colegio de monjas, en Oviedo, y siempre había estado al servicio de causas que tenían que ver con lo solidario, había perdido sus padres cuando tenía cinco años y sus tías maternas, solteras ellas, la habían recogido.
Se habían conocido en forma casual, como se da siempre en esos grandes amores, él la veía siempre en misa con sus tías, le gustaba mucho admirarla con su mantilla que dejaba al descubierto su rostro ovalado y casi perfecto y esos ojos claros que de acuerdo a la claridad del día parecían grises o verdosos, era bonita y simple María del Pilar y estaba a punto de conocer al amor de su vida. Mi abuelo, trabajando en Oviedo, fue una tarde a colocar un vidrio en la puerta cancel de la casa de sus tías y conversaron unas palabras, lo que le sirvió a Rubén para abordarla unos días más tarde, y así fue como comenzó a visitarla.
El proyecto de América surgió como una necesidad, seguir trabajando en el país era aceptar esas reglas de juego de escasez momentánea o permanente que se va calando en la gente y que frena todas las aspiraciones de progreso de algunos y deja solo a pocos en la tarea de ascender en la escala social.
Mi abuelo era de un pueblo cercano a Oviedo, Sama de Langreo, desde allí había llegado a la capital del estado para seguir creciendo en base a sus capacidades y lo estaba consiguiendo en parte y con grandes dificultades. Todos los días se conocía alguna noticia negativa y para él abuelo que hacía del positivismo una razón de vida era bastante desmotivador, ella creía mucho en el, y sabía que era el hombre que podía cuidarla y contenerla, aunque en el nuevo mundo se presentaran dificultades. Ella sabía muy bien bordar, arreglar las ropas, zurcir. Cocinaba muy bien, a pesar de su edad ya podía considerarse una excelente repostera, representante de la cocina mediterránea.
Salieron de Cádiz rumbo a Buenos Aires y allí verían hacia donde se dirigían, al abuelo tenía en su cabeza dos nombres, uno era Azul un lugar en la Pampa bonaerense sobre el que había tenido unas referencias y el otro Mar del Plata donde sabía que un paisano llamado Martínez de Hoz había amasado ya una gran fortuna y empleaba a españoles en sus estancias para ayudar a su mantenimiento y ampliación. Eran impresionantes edificios que semejaban castillos, donde el lujo se mostraba injurioso, donde uno se preguntaba para que exhibirlo de esta manera, pero sabemos que el hombre siempre que alcanza posiciones debe mostrárselas a otros hombres para ser satisfecho en sus realidades materiales, eso era así y continuará así, no lo frenan ni ejemplos ni religiones, es el lujo ostentoso que genera odios y pasiones encontradas.
En el viaje hicieron amistad con dos leoneses simpáticos, casi en la misma situación que ellos, también en búsqueda de un crecimiento material que se les negaba habían salido para el país de la plata, el que con su peso fuerte les ofrecía sin seguridades la oportunidad que buscaban. Ellos eran Antonio, Toni, y Mercedes a la que llamaban Merce, ella era alegre y ocurrente, el un poco más escaso de palabras parecía responsable y preocupado por los tiempos que le tocarían vivir
Toni y Merce habían concertado con paisanos de viajes anteriores ubicarse en una zona cercana a Camet en las afueras de Mar del Plata, no era una decisión arbitraria sino que contaban con un lugar donde podrían instalar un local de ramos generales, esas almacenes de pueblo donde se instala todo en un solo lugar y se vive hasta lo social de la época, era en ese tiempo llamado de pulpería y lo habían trabajado unos parientes cercanos al matrimonio que se habían vuelto a España con buenos ahorros en su cuenta. La situación pintaba excelente para los leoneses, además había en su proyecto extenderse hasta una zona cercana a un nuevo faro que prometía desarrollarse con más rapidez que la actual.
Los nuevos amigos estaban cimentando una amistad basada en los valores comunes y las necesidades también inherentes a los dos matrimonios recientes, como la navegación avanzaba entre anécdotas de paisanos, historias de la nueva tierra y cantos que recordaban el terruño, donde sobresalían los gallegos con esas nostalgias tan típicas, y esas necesidades tan imperiosas dado lo exiguo de su territorio. Un día Toni le ofreció desarrollar juntos el negocio, y un tiempo más tarde cuando funcionara bien el primero pasar a tener un segundo predio donde podrían acelerar su vuelta a la patria con un mayor capital ganado. Rubén creyó en la solidez del negocio y consultando a Maria del Pilar aceptaron la oferta.
La llegada a Buenos Aires aunque accidentada fue emotiva, tuvieron que esperar unos días en Montevideo dado que la niebla había invadido el estuario de ese río imponente como es el de la Plata y era casi imposible guiarse en esas condiciones. Los recibió por unos días el Hotel de los Inmigrantes, durante ese tiempo que Toni aprovechó para orientarse en cuanto a proveedores y tejer esas relaciones necesarias para el negocio. El leonés había pensado en la división de tareas del establecimiento, el iba a dedicarse a las compras y a la atención y distribución de clientes importantes que intentaría captar apenas llegara a la zona. Pensaba que la atención de parroquianos que visitaran la pulpería podría hacerlas Rubén, mientras que las dos mujeres eran ideales para manejar la cocina y lo interno así como la ubicación de las mercaderías en el salón.
Mientras disfrutaban de la floreciente Avenida de Mayo, que les parecía un apéndice de Madrid en la nueva ciudad. Donde también los parques le parecían majestuosos, ese jardín Botánico era maravilloso y como en cualquier lugar donde uno vive en forma transitoria y con dinero en el bolsillo todo resulta siempre más agradable.
Una de esas noches Rubén sacó entradas para la zarzuela, estaban estrenando obras casi al mismo tiempo que en España. También decidieron ver teatro, y su elección recayó en una estreno de los hermanos Álvarez Quintero, vieron los cuatro Amores y amoríos, disfrutando de la actuación de una formidable María Guerrero, luego cenaron un puchero a la española que sabía muy bien con su sabor local. Los españoles empezaban a querer la ciudad justo cuando debían dejarla, para ir a ocupar sus posiciones en el negocio que iba a ser el motivo más importante de su estada en Argentina.
Cuando el tren los depositó en Mar del Plata encontraron que esa ciudad a la que arribaban era muy hermosa. El mar les parecía diferente llegando hasta esa costa agreste, las construcciones que surgían cada día, esas casas imponentes mirando el mar, algunas casi encima de las escolleras. Y en ese lugar sobre una imponente roca que ejercía su ingreso al mar y mirando hacia el norte Rubén prometió a María que volverían a España, ricos, con pasta como él decía, y para fundar la familia que se merecerían por su esfuerzo. Era Mar del Plata una imitación de Buenos Aires, con mar cercano que era lo que la diferenciaba, como todas las ciudades pampeanas era protegida por todos los lugares donde el indio podía ingresar por cuarteles o fortines que la circundaban.
Un mateo los transportó con todos sus baúles hasta el lugar donde Toni seguro y eficiente abrió los candados ingresando al lugar que había sido vivienda de sus parientes. Al día siguiente comenzó la transformación del local, las tareas fueron duras pero curraron los cuatro para conseguir que esa tapera casi miserable se convirtiera en el almacén de ramos generales “El Reino” que recordaba a esa tierra que los había visto partir, y que si Dios lo quería los vería también en su regresar alborozado.
Ardua la tarea en la que se destaco el abuelo, porque el tenia una capacidad para hacer cosas que desconocía y esa seguridad para no arredrarse ante nada, era un ingenioso y siempre con la alegría a flor de piel, para el, currar era una necesidad, su trabajo era algo que el ofrendaba con alegría era la razón de su existencia. Cada uno dio sus mejores artes y antes de diez días ya estaban llegando las compras de Toni y funcionando a pleno el almacén con despacho de bebidas. Lo bueno fue que uno de los fortines que defendían a la ciudad del ataque del indio, el que se encontraba cercano al negocio, fue reforzado transformándose casi en un cuartel moderno con asistencia de todos los cuadros de ataque de la zona. Eso hacía que hubiera mucha gente en las inmediaciones, los fortines eran socialmente importantes a todas horas, y ellos que se turnaban para la atención aumentaban así la facturación. Al poco tiempo el emprendedor leones organizó un sistema de compras con otros pulperos de la zona y fueron convirtiéndose en la cabecera de un sistema centralizado que les disminuía los costos y les aumentaba las ganancias.
Merce acompañaba a Toni en sus movimientos y había alcanzado alguna habilidad para moverse en la zona y realizaba también algunas compras dentro del radio de la ciudad aledaña.
El negocio era semejante a los que poblaban la pampa bonaerense, un rancho grande pintado a la cal de blanco con un interior inmenso dividido por rejas que separaban al pulpero de los clientes, pues esta era a veces un poco belicosa o exigente y era mejor tomar distancia después de una ingesta de alcohol excesiva en la clientela, a veces se festejaban acontecimientos ya que el despacho de bebidas funcionaba hasta tarde y los parroquianos terminaban su estada comprando los enseres para la comida del día siguiente en sus ranchos.
Se estaba formando una verdadera comunidad que Rubén distinguía con su conocimiento, llamando a todos por su nombre o grado, personalizaba la atención de cada uno de los habituales a El Reino.
Rubén era un hombre curioso e interesado en el conocimiento de la Región y del país por lo que lo atraían esos cantores que con sus payadas alegraban las noches de los paisanos, esa bohemia del campo que iban de pulpería en pulpería recogiendo aplausos o juntando monedas en sus boinas raídas y que eran muy ocurrentes en las respuestas simultaneas o en los cantares que desarrollaban esa nueva cultura con algunas de las anécdotas camperas, que hablaban de la zanja de Alsina, y de las luchas contra ese enemigo del progreso que ejercía esa resistencia a la civilidad como era el indio.
Cantos al amor, desde la perspectiva del hombre solo y necesitado de comprensión y cariño como era el gaucho o el hombre de campo, cantos que también hablaban del desamor o de la traición, que hablaban de las tradiciones que resultaban tan gratas al oído, de las hazañas del milico, como se denominaba el militar, en su guerra contra los originales que eran arrastrados cada vez mas atrás de la patria que nacía, la ganadería necesitaba espacio y era distinta la situación del bonaerense que quería mucho campo para el pastaje de sus animales y poca agricultura que era traída de otros lugares o realizada en la zona en pequeña escala solo para satisfacer la demanda local.
El nativo era muy amante de la carne y entonces no eran necesario muchas verduras ni frutas, el tipo de alimentación era diferente al de los europeos.
Como el trabajo sobrepasaba a los cuatro integrantes del comercio y como a breve plazo se iba a producir la división que los separaría fue necesario que se tomara gente local para las tareas menores del negocio. Así primero fue convocado un paisano que cumplía bien sus funciones pero que era un poco holgazán y le costaba mucho estar todos los días al servicio, además bebía cada vez que tomaba un día libre y a su regreso le costaba dos o tres días volver a la normalidad, después fue el turno de un mestizo que a los dos meses debió volver a su pago llamado por la familia. Después de eso apareció un indio de escasos antecedentes que miraba con demasiado recelo a los españoles, se notaba en él una cierta antipatía que quizás nacía de la asunción de su situación de clase dominada.
Se llamaba Nepomuceno, y tanto sus formas de comportarse como su vestimenta. Así como su escasa pulcritud no cumplían con lo que las mujeres pretendían de un empleado ocupado en el servicio. Era un hombre que llegaba tarde a su trabajo y desaparecía en cualquier situación pero no se encontraba otro para reemplazarlo.
Esa tarde que Merce y Tony se fueron para el faro, María del Pilar sintió el impacto pero se conformó con la idea trasmitida de disminuir significativamente el tiempo de regreso, tenía ganas de volver a ver su tierra y sentar sus reales allí. Soñaba con esos hijos que jugarían a la sombra de los chopos y sintiendo el rumor de los caudalosos ríos de montaña en sus deshielos o después de las lluvias. Mientras los saludaban los asturianos prometían volver a verse pronto y los leoneses tiraban besos desde la carreta.
La vida continuó con la normalidad habitual, esa noche la pulpería llena tenía un festejo ya que en el fortín cercano cumplía años un Capitán y toda su tropa lo agasajaba con una comida con juego de truco y mus y al final habría una payada entre un oriental que estaba hace un tiempo en la ciudad cercana y un soldado que andaba muy bien en estos temas y que defendía el honor de la soldadesca. Cuando apareció la tropa no daban abasto los asturianos con la tarea y el empleado había desaparecido como en otras oportunidades. Rubén estaba furioso y prometía buscarlo donde fuera al día siguiente.
El Capitán llegó con sus ropas de gala y se lo veía muy guapo con sus charreteras doradas y sus patillas gruesas, era un hombre de la edad de los españoles y con escaso conocimiento del mundo, por eso se puso a realizarle preguntas a Rubén que para seguir con su tarea llamó a su esposa para que las evacuara. El nombre del capitán era Adrián de los Ríos, oriundo de Chascomús, soltero, había participado de varias campañas y tenía en su haber algunas muertes de indios en combates directos e indirectos.
Los ademanes de las respuestas le hicieron mirar las manos bordadoras de María del Pilar y comenzó a pensar en ellas, le hubiera gustado una caricia de esa mujer suave de las que hacía rato no frecuentaba por sus tareas, quedó prendado de su acento, de sus formas y hubiera querido seguir la conversación que fue interrumpida por Rubén solicitando a su mujer unas vituallas.
Ella fue hacia el lugar compartimentado que separaba la cocina del lugar amplio donde los clientes bebían y se divertían en esa especie de juerga que se había armado esperando la función nocturna. Rubén servía y anotaba, estaba esperando cerrar la noche para saber cuanto había facturado esa noche. Había tenido buenas noticias esa semana, los bonos en patacones que había comprado por recomendación del paisano que manejaba las finanzas de la estancia de don Martínez habían subido hasta alcanzar un precio record que los beneficiaba, estaba muy conforme con la forma en que desarrollaban sus negocios, mañana mismo iría temprano por Mar del Plata a comprar más bonos y revisar sus acreencias. El país lo sorprendía a cada paso con su riqueza al alcance de la mano de cada hombre que tuviera ganas de trabajar, como él la tenía. Esto aceleraba el regreso y eso alegraría a su gentil esposa.
María del Pilar se sentía mirada furtivamente por el Capitán y eso aunque le gustaba como mujer, también le preocupaba un poco, porque sentía que esa gente ruda, con tareas de guerra como medio de vida podría ser también muy peligrosos. Sobre todo cuando la bebida aumentaba el deseo, y ante la ausencia de mujeres en la zona, miraban a otras hembras, ya que hacía unos meses, la policía local había cerrado el lupanar al que concurrían todos los soldados.
La fiesta fue importante no solo en consumo de bebidas y comidas sino también en tiempo ya que terminaron cerca de la mañana siguiente y hubo que despertar a los soldados al escuchar el toque de diana que se escuchaba desde la pulpería. La gente estaba desparramada por todo el almacén, hasta los payadores habían quedado sobre el piso y hubo que despertarlos suavemente a unos, y con mayor rudeza a otros.
El día siguió para los asturianos como siempre, aparecían ahora los clientes de la compra familiar, Rubén llevaba los pedidos más grandes a las estancias de la zona y se llegaron hasta allí también unos originarios que vendían al hombre cueros de carpincho y plumas de avestruz y otras de pavo real que circundaban las lagunas cercanas, ellos hacían con este comercio un pingüe negocio porque las enviaban a Buenos Aires donde su precio era hasta diez veces mayor.
Todo se orientaba con normalidad hasta la noche, donde volverían los habituales del despacho de bebidas y este negocio era el que seguía rindiendo fuertemente. En unos meses llegaron las fiestas que los esposos asturianos compartieron con los leoneses cerrando una fiesta cada una y recordando esa nieve que estaba perdida en América, el calor invadía el festejo y era muy extraño para ellos, tan extraño como ese mate que tomaban los locales y que sin alcohol permitía la apertura de confidencias. Allí esa noche María del Pilar le contó a su amiga que no le gustaba el acoso visual al que la sometía el Capitán de los Ríos, como se ubicaba para seguirla y que ella no daba de ninguna manera lugar a esos requerimientos, tenía temores que Rubén lo advirtiera y eso podría dar lugar a una reyerta que no tenía ganas que ocurriera, además sabía que la posición del militar podría perjudicarlos, en fin tenía miedo y lo participaba, pero pedía también a su amiga que se quedara callada, que no hablara con Toni del tema porque podía llegar a saberlo su marido y era lo que quería evitar.
Esa tarde de fin de año, después de preparar comidas de la tierra salieron los dos matrimonios rumbo al mar para mirar esa agua verde que podría llevarlos tanto a su tierra como a esos confines del mundo que avizoraban y del que habían sentido comentar, de esa Tierra del Fuego con sus focas y pinguinos, como los que se veían en Mar del Plata pero con colonias más numerosas. Esos lugares adonde llegaban mamíferos gigantes como las ballenas, otros faros, otros lagos y todos inmensos como se estilaba en estas tierras agrestes.
Rogelio interrumpió un poco su relato para preguntar por nuestras esposas que no daban señales de haberse levantado y continuó.
- Cuando volvieron al Reino, que ahora se había duplicado, los dos estaban mas tranquilos, la serenidad los fue invadiendo, fue sobre todo cuando se enteraron que el Capitán De los Ríos había partido hacia Choele-Choel a combatir unas trifulcas que presentaban unos lugareños que estaban en busca de tierras para cultivos de supervivencia, la tarea de militar era a veces absorbida por la social, ya que estos problemas de convivencia social ocurrían y había que mantener el orden de esta incipiente y desorientada sociedad capitalista.
Rubén estaba contento con la marcha de su economía domestica, María acompañaba siempre los optimismos de su hombre y casi podríamos decir que solo faltaban las perdices, pero tampoco porque estas abundaban en la región y a veces en las tardes libres Rubén salía a cazarlas con su rifle y hasta las preparaban en un escabeche que hacía las delicias de los comensales del almacén, que ahora había incorporado la venta de ropa de campo y aumentaba cada mes las ganancias del boliche.
Una tarde que Rubén había salido y el empleado estaba desaparecido como casi siempre, llegó hasta la pulpería vacía por la hora el Capitán, Maria del Pilar intentó ignorarlo, tenía la excusa de pagar sus cuentas contraídas con el pulpero, a pesar de la negativa de la mujer a atenderlo el hombre forzó la puerta e ingresó. María quedo muda y Adrián comenzó a hablarle sobre la pasión que en el había despertado, le proponía que huyeran juntos, en ese mismo momento, le aseguraba un futuro de sociedad y no de pulpera, pero la negativa de la mujer, la fidelidad que demostraba hirió la vanidad del militar que asegurándola fuertemente de las manos la derribó y comenzó a forzarla sexualmente.
Fueron inútiles sus intentos de resistencia, era un hombre rudo, sentía el olor del hombre en sus narices y no podía resistir su nausea, su impotencia ante algo que no quería, un horror que la destruía mentalmente, una pena que quedaría para siempre en su retina, una escena de país bárbaro que le llegaba hasta su vagina.
Cuando el hombre se fue, ella quedó unos minutos más en el suelo disminuyendo su respiración, tenía miedo que el militar la matara como si se pudieran de esa forma borrar las huellas del dolor. Después lloró primero suavemente, después más fuerte, pensó en sus tías, pensó en España, y pensó en esa virgen del colegio que nunca la había abandonado, eso la confortó. Cuando Rubén llegó al negocio solo quedaban en ella las huellas de su brazo y fue muy parca al contar los hechos, sin darle detalles, racional, como si le dictaran los sucesos sin tener en cuenta la emoción de los mismos, se sintió bien después de eso pero su odio por el militar la cegaba, quería destruirlo, pensaba en cortar parte de su cuerpo, pensaba matar aunque muriera.
Rubén se dio cuenta que si los odios se sumaban serían demasiado profundos y trató de calmarla, el marido salió a dar una vuelta para encontrarlo pero el militar había desaparecido, abrieron la pulpería como todos los días, pero en el aire flotaba ese sabor amargo que da la injusticia, la sospecha del hombre sobre los factores que la provocaron, el preguntar a la mujer detalles que más a angustiaban, todo patético como nunca lo habían vivido. Esa noche no durmieron, se notaban los rostros sudorosos con esos fruncimientos de cara que indicaban la falta de paz y tranquilidad.
El abuelo quería denunciar el hecho para que se hiciera justicia, aunque en cierta forma no creyera demasiado en ella. Al día siguiente pidió una entrevista con el Coronel del cuartel y fue a verlo. A poco de referirle los hechos comenzó a notar en el militar una escasa disposición a mirar los hechos como él los veía, la culpa era revertida y por momentos parecía que debía conversar con su esposa porque era ella la que a los ojos de este hombre sumaba toda la culpabilidad del hecho deplorable. Preguntó donde podía encontrar al capitán y tampoco esto fue satisfecho, solo le quedaba saludar y partir y así lo hizo.
Su próximo objetivo era ver a la autoridad política de la zona, el hombre los había visitado varias veces con sus compinches. Su nombre era Juan Fuertes y descendía de castellanos que habían llegado aquí en la generación anterior, gozaba de fama de justo con su tropa pero le cabían las generales de la ley para los de su laya. Era un matón agrandado que trabajaba para los poderes económicos de la región, pertenecía a ese partido arrogante que era el conservadurismo. O lo que era llamado pomposamente Partido Demócrata.
Tenía una casa grande, llena de habitaciones donde siempre estaban presentes algunos de sus secuaces a los que llamaba amigos, allí atendía y daba servicio a sus votantes, sobre todo en época de elecciones. También los auscultaba con preguntas, interrogaba sobre su situación, y los asistía y confortaba como un médico hace con sus pacientes.
Al comenzar su exposición notó Rubén que el caudillo intentaba suavizar sus dichos, después le expresó algo que presentía, que siendo el militar violador una figura en ascenso dentro de la oligarquía argentina, y con sus hazañas de guerra poseedor de un gran caudal de hectáreas de tierras mas allá de Bahía Blanca no iba a ser posible, ni tampoco conveniente, llevar el caso a ningún tribunal, y que si lo tomaban, el caso sería conservado en espera durante más tiempo que el que cualquier mortal estaría dispuesto a esperar. Que lo mejor era olvidar, seguir con sus negocios y cuando la situación fuera otra analizar que se podía hacer. Incluso realizar una venganza paga que podría ejecutarse por muy poco dinero, que la vida de un hombre no valía mucho en Argentina, que era cuestión de aceptar la injusticia y esperar por ahora.
Aunque normalmente Fuertes estaba habituado a realizar promesas, en este caso y quizás pensando en los votos que podría recolectar en el cuartel, y en la inutilidad de amparar al extranjero con poca voz y nada de voto. Se quedo callado como pensando en una resolución o consejo que no encontraba durante unos minutos, al final solo expreso un,
- Carajo, con el capitancito, parece que estaba caliente el hombre.
Después, de nuevo un silencio estudiado, para evitar que el español y sus angustias penetraran en su pensamiento.
Eso fue suficiente para el español enjundioso, que sintió que su repugnancia sería difícil de amortiguar y tomó la decisión que trasmitió a su esposa a la llegada, era para él duro abandonar todo pero así lo hicieron. Volvieron a Buenos Aires para realizar los trámites de regreso y sacaron pasaje con una anticipación de quince días, en ese tiempo el asturiano tomaría el tiempo para vender sus acreencias y partirían sin sueños pero con esperanzas ahora europeas. El sueño de América había concluido. Buenos Aires no fue ahora vista con agrado, cuando Rubén salía María tomaba precauciones en ese hotel de la Avenida de Mayo, seguía con un miedo que no podía dominar, todas los días sentía el olor del militar y su aliento a bebida expirada en su cara, y lloraba, y gemía pero también al final rezaba y se calmaba. El pensar en el regreso era como un bálsamo para María del Pilar de Fernández que cada día quería más a su esposo, y necesitaba de la comprensión de ese hecho que los dos callaban en el día, pero revisaban por las noches. Y los dos sentían que eso los alejaba. No había culpas entre ellos, había solo violencia en el recuerdo.
Recordaba también con nostalgia a los leoneses de los que se habían despedido en forma apresurada, ellos se habían hecho cargo del Reino original, manteniendo el segundo con unos empleados locales a los que habían asociado, sentían en toda la situación la sensación de un fracaso no planeado..
Buenos Aires y su Costanera Sur los vieron partir, y parecieron interminables los veinte días del regreso, durante ese viaje que parecía no tener fin a pesar de ser en duración mas corto que la ida, María tuvo muchos mareos y decidió comer solo cosas livianas y tomar líquidos, tomó también poco sol porque el reflejo le molestaba y le daba frecuentes dolores de cabeza. Regresaron esta vez por Barcelona, de allí a Madrid en tren y luego a Oviedo donde las tías de María los recibieron con los brazos abiertos, se las veía más viejitas pero seguían siendo generosas con esa sobrina dilecta, que volvía con un poco de tristeza en su rostro oval y delicado.
Rubén salió hacia Sama, quería ver a sus padres, compartir las experiencias con sus hermanos y primos y ver que podía comenzar a hacer con el capital que tenía entre sus manos y el que debían girarle de la venta de los bonos argentinos. Al llegar vio a Sama maravilloso, llegando desde La Felguera se veía ese camino con los chopos erguidos, con castaños llenos de frutos, y siguiendo la línea del río Nalón que mostraba al visitante ese color admirable y cristalino, Rubén indiano, veía saltar una trucha en el aire y notaba esos salmones que pretendían o intentaban cambiar la corriente para navegar mas armónicos en su regreso al mar.
Luego la visita a la cantina, donde los parroquianos de siempre disfrutaban de ese juego de naipes, y lo hacían con la simpleza de saber que el perdedor debía pagar su prenda, el tragar el sapo, como llamaban a la miga de pan embebida de vino entre las risas de los concurrentes. Diversión sana, diferente a las de los bárbaros pampeanos, Rubén se felicitaba por la decisión de su vuelta aunque su futuro económico no estuviera tan sólido todavía, importaba más estar en esta tierra y darle la tranquilidad a María, importaba más la alegría de su madre, y la actitud de sus hermanos que le contaban, entre otras novedades, sobre las tierras que el Marques tenía en venta.
Rubén se asombraba pero suponía que el no podría en ese tiempo ni siquiera pensar en ese cambio, en ese ascenso social que podría significar tener tierra y castillo como tenía ese descendiente del feudo de la región. El dueño de vidas y haciendas, con derecho de pernada como se comentaba con esa niña al que el aristócrata atendió esa noche y que verificó su virginidad, su himen roto con el calzón bordado y manchado que arrojó a los asistentes. Un hecho también bárbaro, como aquel que aún recordaba, aunque con menos ira a la distancia, cual era la intensidad de cada uno, los dos muy fuertes en emociones y muy livianos en lo conductual. Siguió con sus preguntas hasta que uno de los parroquianos le sugirió que viera al Marques, porque este estaba dispuesto a aceptar una oferta que lo liberara de las propiedades que estaban siendo muy gravadas con impuestos. La situación era muy difícil en España, la economía había entrado en una crisis y la escasez era cosa de todos los días, como siempre estos acontecimientos que traen incertezas repercuten en los menos agraciados, con esos hablaba Rubén y le traían a la memoria economías diferentes, ni mejores ni peores pero entre sí distintas.
El abuelo quedó pensando en su situación, en el dinero que traía, en su bagaje de conocimientos que le permitirían restaurar esos bienes y emprender una nueva aventura, y en el dinero que debía recibir, estaba bien pero no quería aspirar demasiado, en eso estaba cuando recibió una palmada en la espalda y alguien que le decía.
- El Marques te espera dice que quiere verte en el castillo.
El abuelo Rubén salió para allá, en el camino serpenteado que continuaba paralelo al Nalón, mas ciertamente en Cima la Villa, jugó con piedras que arrojó al lecho del río, haciéndolas rebotar como cuando era niño, veía el plateado que formaban las aguas de ese lecho y veía también su futuro y el agua con que regaría sus sembrados.
Llegó al castillo de esa imponente piedra de la región que siendo de un color original similar al alabastro estaba manchado de herrumbre, entre las piedras, antes bien calzadas había algunas grietas que debían ser rellenadas, los cuartos por los que iba pasando estaban vacíos y olían a esa humedad que da la proximidad del río. Llegó hasta una estancia principal donde el Marques, único habitante del otrora palacio pasaba lo que le quedaba de vida, al verlo el abuelo se sorprendió de su aspecto, vencido y abrumado, le preguntó sobre su vida de indiano y le refirió que necesitaba dejar en manos de quien a él le pareciera que podía continuar sembrando ese valle fértil y continuando su tradición en la zona, después de preguntar por los padres del abuelo a quienes conocía perfectamente fue al grano. Necesitaba un dinero inmediato para el pago de deudas que había contraído en esos últimos tiempos de enfermedades familiares y malos negocios, y luego una porción anual que debía entregar a los capuchinos, ya que en un convento de esa orden quedaría alojado.
La operación debía realizarse a través de un notario que se encontraba en Sevilla y que pediría las garantías necesarias para ello, además era el encargado de certificar en su notaría los temas administrativos inherentes al traspaso. El hombre debía también debido a su conocimiento de la Orden dar una especie de visto bueno sobre la continuidad de Cima la Villa y sus implicancias sociales, había que convencerlo de su enjundia, de su capacidad para sacar adelante esa Empresa como ya lo había hecho con otras en la América indómita y menos civilizada. Acá estaba en su patria, con sus ancestros, podría emplear a sus hermanos en los que confiaba, su situación era inmejorable pero debía convencer al notario de sus convicciones.
Comenzó después de la conversación un recorrido por el castillo, llegó a las almenas y miró hacia ese valle y el amor por la tierra le invadió el pecho. Sintió ese placer que llega cuando uno está tan cerca de las águilas que veía sobrevolar el pueblo de montaña, cuando estaba más alto que los chopos que divisaba en el camino, y vio también la destrucción del predio pero pensó que curraría hasta dejarlo en condiciones, tenía fe en la empresa que iba a encarar una miel invadía su boca y eso le borraba la hiel que había tenido en su boca en esos últimos dos meses.
Al día siguiente su madre le preparó unas mudas de ropa y emprendió la conquista de los capuchinos como la llamaba, salió para Mieres primero, justo uno de sus amigos iría en una carreta amplia y lo llevaría sentado en esa parva de heno y mientras sorbía algunas pajitas pensaba, pensaba que lindo era tener planes, que lindo era poder pensar con alegría y confianza en el futuro.
Tenía intenciones de llegarse hasta Turón, un pueblo cercano donde había estado varias veces, y donde tenía un compañero muy cercano, con el que habían trabajado juntos en Oviedo, pero el deseo de ver a su joven esposa, de saber cuales eran sus novedades lo dominaba, sentía que día a día la tenía más presente en su recuerdo.
A Oviedo necesitaba llegar el abuelo, allí encontraría su amada que estaba en ese tiempo de mimos del regreso, sus tías la seguían atendiendo con dedicación y eso lo dejó tranquilo, cuando le contó sobre las posibilidades de desarrollar esa empresa familiar en La Villa ella estuvo de acuerdo, quería volver a pensar con la tranquilidad que ese pueblo ofrecía, seguía pensando en su prole y no quiso contarle a Rubén sobre su atraso menstrual que atribuía a sus cambios de país y querencias, vaca que cambia e querencia se atrasa en la parición, decían en esa pampa que quería olvidar pero siempre recordaba.
Cuando llegó a Sevilla Rubén vio en sus primeras imágenes una ciudad atractiva, los dichos de la gente eran picantes, graciosos, la sabiduría de los mayores era impresionante, estaban viviendo una crisis y la llevaban con la picardía típica del que sabe que pasará, con la esperanza del Dios proveerá que suele resultar tan difícil a los humanos, no en su discurso sino en su verdadera ejecución. La Giralda con su gallardía le señaló el camino, el notario designado don Juan de los Arcabuces tenía su guarida muy cerca. Y digo guarida porque lo que hacía las veces de oficina era un cuchitril en un tercer piso al que había que llegar por una escalera oscura y maloliente, con ese olor a la humedad acumulada que fue incrementándose en cada piso y que llegó a aumentar en el rellano del tercero. Al llamar la aldaba que oficiaba de llamador sonó dura e imprecisa, tuvo que reiterar el llamado para escuchar una voz que le decía, un momento por favor, y apareció ese personaje que era el notario, menudo, casi enjuto, detrás de unos anteojitos de lentilla, con una camisa rayada con mangas negras superpuestas como cuidando el atuendo, un traje negro muy brillante por las sucesivas planchas completada la visión y un moño al cuello estilo pajarita de color negro. Conocía el tema ya que le dijo.
- Tú eres el de Sama de Langreo, bien pasa, debes esperar.
- He llamado al padre Ambrosio, el superior de la orden quien deberá estar aquí por la tarde ya que viene desde San Sebastián, cuando esté aquí haremos una pequeña reunión y un escrito sobre los compromisos que contraes y si te animas, adelante con los faroles.
Mi abuelo decidió conocer un poco la bochinchera ciudad hasta ese tiempo y saludando al particular notario prometió volver a las tres.
- No a las cuatro le espetó el hombre, no te olvides que aquí dormimos la siesta.
También debía resolver dos temas, su regreso y su alojamiento ya que le parecía que quizás necesitara más de dos o tres días para completar el traspaso de los bienes, habría que certificar firmas y si bien el notario parecía un hombre ducho siempre el tiempo y la presencia en esos casos era fundamental. Bajó a la calle y le llegó el aire fresco de los azahares que se veían en los limoneros esparcidos por la ciudad, comenzó su recorrida como a él le gustaba sin saber donde dirigirse, era lindo hacer de este trabajo una aventura, pero extrañaba a María, se había acostumbrado a pasear con ella y sentía que era parte fundamental de su vida, aunque también pensaba que su temperamento más tranquilo necesitaba ese tiempo de descanso después de la dura experiencia americana. Además notaba que seguía un poco desmejorada, había tenido vómitos la última noche que estuvieron juntos y sentía dolor en algunas partes de su cuerpo, notaba que tenía hinchados los pezones de esos hermosos senos que no había podido tocar.
La ropa que llevaba le molestaba para pasear, así que viendo la media luna de un cartel que llamaba a los paseantes como Hotel Quevedo llevó allí su valija y quedó en volver para más tarde para tomar posesión de su cuarto. Bajando la escalera del hotel encontró unas parejas que subían, quizás buscando refugio a sus amores, lo hacían como turbados por el encuentro personal. La calle trasera al hotel estaba llena de feriantes que voceaban sus mercaderías con entusiasmo, allí se veía de todo, pulpos mezclados con puntillas bordadas, una verdadera fiesta del consumo, todo expresado con ese gracejo típico que cada vez le gustaba más.
Bajó por la feria hasta llegar a la ribera del río que con su lecho escaso por la época del año le pareció igual atractivo y después caminando de manera irregular yendo en una dirección unas cuadras y en otras otra llegó hasta el barrio de santa Cruz y le maravillaron las ventanas con flores, los adornos que como resaltes primaverales adornaban cada lugar donde se notaba vida detrás, una maravilla que Rubén admiró y prometió copiar en su castillo.
En un momento se encontró paseando por la calle de San Fernando, veía allí la vieja fábrica de tabacos con su reja de hierro abarrocada, sentía que caminaba sobre ese adoquinado y que debajo un río como el Tagarete corría bajo sus pies, a la distancia se veía el Alcázar, que bonita ciudad era Sevilla, que buena tarea que había realizado Hércules al fundarla, por ese sólo hecho tenía su reconocimiento en la Alameda. Hay lugares bonitos y este era uno, lástima no tener cerca a María del Pilar para contarle sobre estas bellezas españolas.
Pensando en su amor decidió comunicarse en oración con ella y entró a un lugar que después supo era un oratorio, rezó emocionado pensando en sus angustias y hasta suspiró tan fuerte que un clérigo que estaba detrás de una columna acudió a su lado y le habló diciendo.
- Hijo, tienes algún problema que te desvela?
Allí el abuelo le contó un poco su vida y le habló de la reunión que debía sostener con el abad de los capuchinos.
- Lo conozco le dijo el cura, te pido que le des mis saludos, he estado con el en su convento y es un hombre muy accesible que pone una máscara de duro pero en el fondo es un ser muy justo, un hombre superior. Háblale de mí soy el padre José María Gómez del oratorio de San Felipe.
Por la tarde y antes de la hora anunciada estaba como un solo hombre en el rellano de la escalera fatigosa, llamando al notario que esta vez fue mas presuroso a abrirle y no le espetó ninguna pregunta sino solo un
- Comenzamos nuestra reunión, el padre Álvaro Tordemesas esta aquí y tiene poco tiempo disponible.
Mi abuelo supo así que debía convencer a esos dos hombres en el tiempo que ellos dispusieran, el abad estaba sentado cuando entró haciendo solo una seña para saludarlo, era un hombre robusto que parecía tener buena capacidad de organización porque le preguntó como pensaba encarar su empresa y le dio consejos sobre ella que mostraban a las claras lo moderno del método de estos monjes que oraban y trabajaban a veces sin descanso buscando a Dios a través del esfuerzo. El sacerdote tenía una pronunciada calva central y era más bien relleno, se le notaba todo su trabajo de administración que lo había realizado en posiciones de sentado ya que su amplia barriga mostraba su sedentarismo, su sotana larga y marrón con brillo pronunciado daba cuenta del gran uso que contaba.
Rubén se mostró afable y refirió todo lo que había hecho en su aventura indiana, los planes familiares que tenían con María y el dinero con que contaba, Allí supo que lo que tenía en efectivo era casi lo que el Marques necesitaba, y con lo que recuperaría del envío posterior de Argentina debería comenzar la compra de insumos para la nueva cosecha. Si lo aceptaban podría comprometerse con la Orden en las próximas diez cosechas y darles parte de la producción que estimaban en un tercio de lo producido para atender las necesidades del Marques, ya que este no iba a efectuar ninguna tarea productiva por lo avanzado de su edad. La primera respuesta a mi requisitoria de parte del abad fue una frase muy contradictoria para Rubén, le dijo haciendo sonar las palabras. La juventud necesita demasiadas facilidades en este país de contrastes, deberían pensar más en el trabajo, ya tendrá tiempo para el descanso, y además dedicarse en su ocio a repasar su espiritualidad.
Después le preguntó claramente:
- Como anda tu relación con Dios ?.
Allí el abuelo contesto rápidamente
- Puede preguntarle usted a don José María Gómez del oratorio de San Felipe que lo conoce y le manda saludos a usted.
- Los retribuyo, joven los retribuyo.
El dinero que había que tener era superior al que podía contar aún pensando en el giro desde Argentina, así que comenzó a jugar sus cartas más especiales, les habló de avales, de dejar bienes en custodio de la Orden pensando que los padres podrían facilitarle. Tenía que convencerlos estaba seguro que allí estaba el porvenir de toda la familia decía el abuelo, y cuando parecía que todo estaba perdido, el abad dio una muestra de confianza diciendo.
- Creo en este joven, pasemos a confeccionar la documentación.
Dicho esto el notario comenzó la revisión de la documentación familiar que había acompañado que debía ser certificado por la notaria en las próximas cuarenta y ocho horas.
La alegría de Rubén al entender que la operación se realizaba fue mayúscula pero debió contenerse pues no quería mostrarla, agradeció la deferencia y prometió llevarle al señor de los milagros una ofrenda antes de partir hacia Oviedo. El resto consistió en la firma de la documentación, el asentamiento de la documentación en los libros reales y todo lo que acreditaba el traspaso del bien del Marquesado al Señor Rubén Fernández del Cueto, casado en primeras nupcias con Maria del Pilar Gonzáles Valdez.
Cuando regresó a Oviedo con la alegría a flor de piel, y después de compartir la felicidad con su esposa se enteró de la noticia que iba a cambiar su vida tanto como la compra de las tierras, María del Pilar estaba encinta, si bien el hecho no estaba certificado los síntomas ya eran evidentes, y su tía la había llevado a una consulta donde el médico, sin asegurarlo lo diagnosticaba.
Esa noche los esposos cuando quedaron solos se juramentaron que nadie compartiría con ellos la duda sobre la paternidad, sabrían trasmitir la alegría de su primer hijo y todo quedaría entre ellos, era una determinación que no debería ser revelada por ninguno de ellos hasta la muerte.
Al día siguiente los preocupados esposos partieron hacia su nuevo lugar de residencia el castillo de Cima la Villla, con el Nalón regando sus destinos y de nuevo la esperanza en marcha para avanzar en su proyecto familiar.
Cuando llegaron al pueblo pasaron primero por la casa paterna de Rubén, y se encaminaron caminando despacio hacia el final del pueblo camino al castillo. Iban los dos tomados de la mano y recordando a Merce y Toni, se preguntaban como seguiría su vida, tenían ganas de compartir con ellos esos momentos. Al llegar subieron hasta la torre y divisaron desde allí sus dominios, estaban fascinados por su nueva situación que los convertía en nuevos propietarios y daban lugar a sus sueños de movilidad social ascendente cumplidos, se sentían realizados los indianos.
Fueron tiempos de trabajo para el abuelo, su capacidad parecía ilimitada, comenzaba su jornada a las siete y terminaba cerca de las ocho de la noche, las piedras del castillo no se resistían a sus arreglos y todo fue quedando en orden y comenzaron los tiempos de siembra y de cosecha una mañana y despuntando el sol sobre el río cuando estaba casi concluido ese nuevo castillo el abuelo hizo hondear la bandera en el torreón principal y con emoción recordó esos versos que decían:


Sangre de la patria mía
Oro de un amanecer
Bandera que yo quería..
Con que bendita alegría
Mis ojos te han vuelto a ver.

Todo fue hecho con trabajo y acierto, y en ese tiempo nació el primogénito, un varón impetuoso con pulmones amplios que gritaba y lo hacia saltar del arado a su padre, que berreaba fuerte hasta poner nerviosa a la madre, y llegaron otros hijos y el castillo los recibía mientras papa trabajaba y mama criaba a esos párvulos ingeniosos y divertidos que iban conformando la familia. A veces mi abuelo miraba a ese joven que crecía y lo encontraba parecido a ese americano muchas veces maldecido, pero también veía en el a la madre y eso lo reconfortaba.
Ese primogénito fue bautizado con el nombre de Benito, como su abuelo el padre de Rubén, sus hermanos fueron cuatro, Balbina, Manuel, Antonio y Magdalena, todos tenían inclinaciones diferentes mientras Benito mostraba inclinaciones religiosas, sus hermanos varones querían estudiar ciencias agrarias uno y veterinaria el otro, las mujeres después de un tiempo en el colegio de hermanas en Gijon se casaron con señores de la capital y no volvieron al pueblo.
En sus juegos infantiles y en general en el pueblo, Benito era llamado el indiano, un poco por sus audaces inclinaciones, y otro porque todos sabían que sus padres lo habían concebido en esa pampa inhóspita. A él le hacia gracia su sobrenombre y les decía sonriendo.
- Oye majo, que soy tan español como tú.
Al llegar a los doce años Benito a través de lecturas religiosas y quizás por un seguimiento a las ideas de su madre declaró que había recibido un llamado, y ése llamado le decía que debía hacerse cura, que su futuro estaría ligado a la religión de sus ancestros.
Viendo las inclinaciones del mayor encargaron al reemplazante de la notaria, a quien tenían que visitar todos los años para abonar las notas pendientes de los cánones aceptados, que contactara al nuevo abad de los capuchinos para plantearle el inicio y la continuidad de la carrera sacerdotal de Benito, que inició su seminario, y después de ordenado fue contactado para su primer misión sacerdotal importante, era la conversión de una tribu en América, mas precisamente en Venezuela. La madre al enterarse de la tarea intentó que su hijo, que era por cierto el que más la preocupaba por su trabajo difícil de pastor, no aceptara ese desafío. Según el abuelo, Benito en su ultima reunión con ellos les confeso que no quería de ninguna manera seguir confesando viejas beatas en la parroquia de San Lorenzo en Sevilla adonde había estado ese último año.
Tenía el cura capuchino ese espíritu indómito que le llegaba desde la pampa impetuosa y salvaje y no podía ni quería dominar esos impulsos, un día partió y todo lo que el abuelo conoció después fue contado por sus compañeros de catequesis, los que volvieron después de esa avanzada.
Benito insistió en tirarse de un helicóptero en plena selva aún sabiendo que sus anteriores compañeros habían sido fagocitados por esos indios bravos, los motilones, de brava estirpe, los indígenas habían sobrevivido en esa selva hostil y no querían ni aceptaban la llegada de misioneros. Pero Benito por esas raras jugadas del destino, quizás porque su figura mostraba la bravura personal, o porque el descender del helicóptero en paracaídas les pareció semejante a un Dios de su mitología, consiguió que los motilones lo aceptaran en principio, los curas hicieron su choza semejando la de los indígenas, con hojas de palmeras en su techo y soportado sobre unos pilotes para estar aislados de cualquier crecida del río, trabajaron en esa tarea con Fernando un gallego empeñoso que había llegado con él a ese claro de la selva y en sólo tres días ya tenían armado ese refugio mientras la tribu a solo trescientos metros de distancia los observaba. Al quinto día de su llegada los dos hombres decidieron tomar un baño, mientras lo hacían unos indios se acercaron y comenzaron a revisar sus ropas, miraban con atención las hebillas de sus cinturones y se admiraban de las hojitas filosas que los sacerdotes llevaban para afeitarse.
No se fueron cuando Benito y su compañero salieron del agua marrón para comenzar a secarse, y allí los curas aprovecharon para intentar una comunicación, que entre señas y sentimientos comenzó a ser efectiva. Pudieron conocer parcialmente cual era el tipo de alimentación que tenían, ya que sus provisiones se estaban acabando, y deberían comenzar a vivir de lo que consiguieran. Sabían que los cultivos llevarían un tiempo, pero que serían un buen recurso para la enseñanza de estas razas nómadas, que estaban siendo empujadas hasta esta región por los blancos expoliadores, y casi sin posibilidades de salir de ella.
Habían sido entrenados en supervivencia en esa selva los curas, y también podrían ante eventualidades pedir un rescate que por el momento no les interesaba, querían hacerles conocer ese Dios bueno que traían para ellos sabiendo que les serviría a esos hombres olvidados por todos pero no por ellos. Les esperaba una tarea titánica, quizás solo comparable a la restauración del castillo de La Villa, la que su padre cumplió con creces en su momento.
Tenía un poco de ese hombre trabajador empeñoso, optimista, que no arredraba ante ninguna adversidad, sabía que el espíritu santo en el que él creía lo ayudaría en la tarea.
- Y aquí estamos Ramón, somos los hombres justos, en el lugar apropiado, así le decía Benito a su colega.

Estaba harto de esas viejas beatas y sus confesiones, dijo el amigo, yo también expresó Benito, de esas maldades domésticas realizadas contra el gato o las quejas de la cuñada.
- Aquí tendremos trabajo para siempre cuñao.
- Estos tíos nos necesitan, estaremos liaos pero aprenderán a querernos.
Así comenzó el acercamiento de los hombres de sotana disimulada en esa porción de selva a la que recién llegaba Dios.
A los pocos días llegaron a la cabaña de los curas, un grupo que componían dos mujeres de edad indefinida y cuatro niños, dos de ellos mayores, casi iniciando la pubertad, aunque era difícil para mi tío Benito determinar las edades de estos seres la impresión que recogió era de preocupación, planteaban con movimientos que algo estaba pasando en el poblado cercano, y no lo podían explicar con sus señas y voces que sonaban guturales. Fernando había tenido ya contactos con tribus vecinas, que eran menos agresivas que ésta, se decía que los motilones estaban emparentados con los jíbaros y gustaban de sacrificios humanos para complacer a sus dioses. Sobre ese paganismo debían trabajar los dos sacerdotes. Y allí fueron con una cierta aprensión, pero sin mostrar temores los dos hombres, en una choza, la más amplia en su aspecto exterior se encontraba un niño de unos tres años casi agonizante, cuando lo tocaron en la frente la cabeza le hervía y en una breve consulta pensaron al unísono que podía ser paludismo lo que le daba esa fiebre que en unos días podía llevarlo a la muerte. Los capuchinos iban preparados para esas eventualidades, habían completado sus estudios sobre primeros auxilios y en caso de continuar la enfermedad podrían llamar por el trasmisor que traían, y que todavía no habían instalado, para pedir auxilio o traslado del enfermo, aunque eran escépticos en esto ya que la falta de confianza sería fundamental en estos casos.
De sus mochilas sacaron las medicinas que traían y comenzaron a realizar la tarea, como Benito era el más conocedor, Fernando lo dejó solo para salir a tomar el aire que faltaba en la choza, desde la balustrada de troncos contempló la llegada de los hombres de la tribu que se agolpaban en actitudes por lo menos sospechosas, como preguntando que pasaba.
Uno de ellos, el que más abalorios tenía colgado en su cuello, daba explicaciones acompañado de movimientos de manos y cuello. Fernando intuyó que el peligro acechaba detrás de esta intervención que sin buscarla habían encontrado. El resto de la comunidad de salvajes comenzó a bailar alrededor de una fogata circular que habían realizado con troncos secos de las inmediaciones, el monje sacó su medalla de San Benito y decidió confiar su suerte a él. Ya no había lugar para arrepentimientos estaban entregados.
Cuidaron durante dos días del niño, solo una de las mujeres que los habían traído los vigilaba ingresando a la choza, el resto esperaba y cuchicheaba por las inmediaciones, cuando el sol salía o se tapaba los otros bailaban al son de unas percusiones desafinadas. El niño traspiraba y solo bebía de las medicinas que en un cuenco le daban los sacerdotes, que continuaban orando por él, habían preguntado su nombre y habían entendido algo así como Ojj. Estaban confiados en que ese Dios bueno los escucharía. En la tercer mañana la fiebre cesó, Ojj se comenzó a despertar, volvió a tomar el agua bendecida y medicada y miró alrededor con extrañeza pero se dejó mimar por la mujer que expresaba chillidos in entendibles.
Por la tarde, solo se escuchaban los rezos cuando Ojj despertó y pidió comida, con gestos indicaron a la mujer esa nueva situación y ella salió indicando a los hombres esa novedad, la alegría de ellos fue evidente, los bailes aumentaron, el fuego se incrementó, todo estaba mejor.
En el quinto día el niño se levantó y los miraba con esa mezcla de extrañeza y agradecimiento, igual al de la mujer que intentaba alimentar también a los monjes con frutos tropicales de la región que a ellos les sabían muy bien ya que hacia casi tres días que ayunaban y oraban solamente.
Alabado se oyó esa tarde, y los curas salieron de la choza para volver a la suya, al llegar los hombres traían una especie de camilla hecha con ramas donde traían como agradecimiento frutas y tubérculos de la zona, se veían yucas, plátanos, papayas.
- Frutas como estas que tenemos hoy en el desayuno
Me dijo Rogelio saboreando ese trozo de ananá riquísimo.
Por unos minutos continuamos con el desayuno serrano hasta que mi amigo continuó con el relato.
- Desde ese día las cosas cambiaron entre los monjes y esos salvajes cuyas costumbres eran casi desconocidos por el hombre.
Continuaron con su trabajo en la región durante dos años, enseñaron a plantar y cosechar con granos y semillas que habían traído y pidieron más cuando ellas se acabaron, y enseñaron a esos bravos, elementales nociones de higiene que dieron su fruto. Sobre todo en el cuidado del agua que bebían que era el causante de muchas de las enfermedades virales. Y pudieron hablarle de Dios, Fernando, el más teórico catequizaba a niños y mujeres y Benito el más pragmático tomaba a los hombres y los instruía. Ya hablaban casi su lengua y la habían aprendido con los niños que les repetían sus fonemas intercambiadas con el español.
En el tercer año comenzaron a asentar una capilla que tendría lugar para las reuniones de la tribu, después de esa primer experiencia con Ojj supieron que este era el único hijo del cacique y heredero de una dinastía de trescientos años en la conducción de la tribu, sus ancestros lo habían llevado hasta allí huyendo del hombre blanco y guiándolos hasta ese lugar que tenía una similitud con esa tierra prometida. Después que esta estuvo casi lista, con la ayuda de los nativos que trabajaban y oraban como ellos. Decidieron pedir refuerzos a la Orden y así llegaron dos compañeros más, un vasco fuerte llamado Guillermo y un andaluz hablador permanente llamado Francisco que era gaditano. Todo transcurría bien cuando comenzaron las crisis de Benito, el quería avanzar en la selva y se planteaba nuevas metas, quería llegar hasta la comunidad salvaje de los jíbaros, esos cazadores de cabeza, nómades y huidizos, sentía que esa era su próxima meta. Para iniciarla debía convencer a las autoridades de su Orden que esa debía ser la próxima misión.
Todo lo que necesitaba para ello Benito era coraje, y eso le sobraba, tenía una audacia incrementada por sus logros recientes y una nueva provisión de semillas y medicamentos, quizás también ver un poco a familiares o por lo menos desde Caracas llamarlos para contarles, especialmente a María del Pilar, como se desarrollaba su vida de pastor de almas de la que ella estaba orgullosa, había ya creado en Sama una fundación que ayudaba con su nombre y crecían en el servicio, las hermanas del cura habían llevado la misma a la capital provincial y su nombre y sus hazañas se difundían.
Cuando el helicóptero recogió a Benito y Fernando desde el poblado hubo lágrimas y no solo de los nuevos reemplazos también Ojj y sus padres, y numerosas criaturas habían sentido la calidez de estos hombres audaces y tiernos, corajudos y sensibles con esa necesidad de adrenalina permanente.
Ellos también lloraron, pero igual partieron, porque su misión debía continuar.
Que alegría cuando le contaban a sus colegas de ese convento capuchino enclavado en la cima de ese monte pequeño, una fortaleza parecida al castillo de los Fernández, sobre como la oración y el servicio los llevaba a su próxima tarea, esa que no le contó a María pero que ya bullía en su mente.
Una tarea difícil y que iba a traerle unas desgracias que no imaginaba ya que al ser arrojado en la selva donde se suponía que estaba la zona de los jíbaros, no tuvo una caída tan limpia como la anterior, cuando golpeó sobre el claro sintió el tirón en la columna y el dolor fue intenso, Fernando intentó auxiliarlo pero no fue posible desde el helicóptero no notaron la ausencia de movimiento de Benito y partieron regresando a Caracas, la radio también golpeada no funcionaba para pedir auxilio así los dos hombres debieron valerse por sus medios que eran pocos. Nunca se sabrá a ciencia cierta el destino final de estos héroes pero lo conocido es que la misión enviada una semana más tarde como estaba convenida los encontró ya muertos y sobre la tumba de mi tío hoy en Sama una placa indica que :
“Pasó haciendo el bien” La misma fue acuñada con el dolor de su madre María del Pilar que expresó en su tristeza la necesidad que lo había motivado
De Fernando encontraron solo el cuerpo se supone que los jíbaros lo separaron de la cabeza que utilizaron para sus ceremonias, también él reposa en su ciudad, Lugo.
-Bueno como verás Manolo, América hasta ahora no se dio demasiado bien para nuestra familia, por eso esta historia no se la estoy contando a Aída Paz, pienso que debo mantenerla en secreto hasta la vuelta, porque podría también acelerar nuestro regreso, nosotros también como nuestros ancestros tenemos puestos nuestros sueños y esperanzas en España, allí tendremos hijos y veremos si Dios quiere a nuestros nietos y seremos felices y comeremos perdices y la papaya pensamos que solo la comeremos en vacaciones, donde nos veremos con ustedes cuñado.
Te cuento que este relato solo lo conocimos completo después de la muerte del abuelo Rubén, que lo hizo dos años después de María del Pilar, y lo dejo escrito en una carta a su albacea y todos los hijos restantes fueron informados de la existencia y lectura de la misma, así mi padre la conoció de la propia escritura y nos las contó a nosotros y ahora tú mi amigo americano, de allende los mares, de la pampa santafesina, también la conoce.
Me sentí honrado con la confidencia y prometí que cuando los dos fuéramos tan estoicos como Rubén y nos sintiéramos tan desbordados de amor como Benito, iríamos a conocerlos en su tierra, y llevarles una flor en su tumba de Sama de Langreo, ese hermoso pueblo de Asturias que todavía ansiamos con mi esposa conocer.
Cuando miramos hacia el ascensor vimos que llegaban las chicas, se las veía arregladas, bonitas y preparadas para el paseo, estaban esplendidas nuestras esposas, Rogelio y yo las saludamos con alegría y vimos como les servían el café, al rato el madrileño expresó su clásico
- Váaaamonooos.
El ómnibus para llevarnos a la excursión pasaría en menos de dos minutos a buscarnos, mientras pensaba que una vez más estaba en posesión de esta historia de vida, que siendo triste tenía la alegría de la osadía y el gusto por el trabajo. Una historia real con personajes de una Asturias que no estaban ya, pero que habían vuelto por esa extraña circunstancias del encuentro, de la confidencia que genera esa atracción entre cuatro que se encuentran para vivir su vida y llegan de alguna manera a esas otras de quien hoy recordábamos en sus alegrías, en sus pasiones, en sus dolores. Porque toda historia aunque parezca trágica encierra también mucha vida.

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