Carteles estrafalarios
Era el comienzo del verano del 50, hacía ya bastante calor en el viaje hacia el lugar donde pasaríamos vacaciones familiares, me tocaba acompañar a María Magdalena, mi abuela cercana, la que a pesar de despertarme inmensos sentimientos de ternura, recibía de mi parte algunas agresiones que eran tomadas por travesuras.
Me gustaba que rabiara, me parecía que se preocupaba, demasiado, por cosas pequeñas. Que asumía, una excesiva responsabilidad en el cuidado de ese nieto de ocho años, que comenzaba a manifestarse como muy independiente, y tironeaba, por ganar esa libertad, que a veces, la abuela, intentaba restringir. En ese tiempo a mí, ya me interesaba jugar con las palabras, descubría nuevas, a veces leyendo el diccionario Losada por partes. Cuanto me gustaba, iniciar su lectura por cualquier lugar, y recordar esas palabras nuevas, que a veces usaba, en frases, en algunas conversaciones, que me servían para mostrar mi erudición.
Había comenzado ya a fabricar algunas rimas, me gustaba escuchar payadas en los circos, algunos versos me llegaban, aunque no encontraba bien la relación entre el mundo real y esa poesía que descubría, me fascinaba la prosa de Twain, ese Huck Finn me abría la mente y me situaba en un Missisipi, que sin conocerlo, me resultaba familiar. En poesía, estaba impresionando por Lorca, el del romancero gitano, y me parecía que nadie, después de él, podría hacer versos como esos.
Esa, fue la primera vez que descubrí que la poesía, podría acercarme a la vida real, y que sus ironías, sus versos, podían llegar a expresar, las angustias, los miedos, las adversidades, o las necesidades del hombre, con mejor expresión que la prosa. También superior a cualquier expresión volcada en un inexistente libro de quejas.
El caso es que en ese tiempo, debía acompañar al pueblo de nuestro familia, Villada, en la provincia de Santa Fé. Salíamos en tren desde Rosario, así llegamos temprano a la estación, con casi una hora de anticipación a la partida, ya que la abuela opinaba que el tren no espera. La realidad es que esta vez no era tan cierto ya que el tren tardó, casi dos horas, en comenzar sus desplazamientos. Mientras tanto yo bajaba cada rato del vagón de sillones de maderita y vidrios biselados con la inscripción FCCA, iba hacia el frente para mirar cuando, y de que forma, engancharían, esa nueva máquina.
Miraba ese gran pistón brillante, y suponía, que cuando comenzara, nos llevaría en un santiamén a nuestro destino. Recién al partir el tren hacia el pueblo, comencé a contar los palos del telégrafo, cada trece postes aparecía un cartel oval con un número que indicaba el kilómetro, sabía que cuando llegáramos al cartel que indicaba cien, estaríamos en el lugar de destino. En ese tratar de conocer cosas que hasta allí desconocía, comenzaron mis idas al baño, este estaba ubicado en el final del vagón. En la puerta, como una especie de antesala dos gruesas canillas y una oval palangana, todo el equipamiento comunes a los dos baños, identificados por género como varones y mujeres. La tarea de mojarse con esas canillas eran muy difíciles para un niño, ya que estas eran solo accionadas con el pie, y había que correr hacia el chorro para colocar el agua entre mis manos y sorberla, rápidamente, mientras se escurría.
En esas idas al Baño un cartel había llamado mi atención, el expresaba algo casi imperativo, algo que no tenía ganas de cumplir, el cartel decía :
- Prohibido usar este retrete estando el tren parado en las estaciones
Ver este cartel y necesitar explicaciones fueron casi una
- Abuela, que quiere decir retrete
- Es el baño, Manolito, el baño
- Y porque no se puede usar en las estaciones ?
- Porque si lo usas en las estaciones, los de esa estación deberían limpiar tus deposiciones, por eso te piden que cuando el tren pare, no se use.
- Si, pero que pasa si me vienen ganas cuando el tren esta parado
- Bueno es cuestión de esperar hasta que arranque
- Pero si tengo muchas ganas, abuela
- Tienes que esperar un poco hijo.
- Y quienes ponen esos carteles abuelita ?
- Solamente los ingleses son capaces de poner algo tan estrafalario.
No tenía ganas de respetar esta norma, me resultaba insostenible aceptarla, por eso comencé a pensar como quejarme, como expresar esa aberración desde mi impotencia.
La vuelta al vagón después de observar las canillas, la hice pasando rápidamente y tocando la cabeza de la abuela, se sobresaltó y le dije simulando sorpresa.
- Perdón, abuelita te habías dormido ?
- No, pero que haces niño ?
- Nada abuela estoy saludando a los que están en el campo
- Si, veo que algunos te saludan
- Préstame el pañuelo que lo voy a agitar
La abuela cedió a mi requerimiento, y ese pañuelo suave, con puntilla en los extremos, con esas florcitas verdes y rosas, comenzó a vibrar en mi mano.
- Chau, te saludo hermano chacarero, chau, chauuuu, adiós me voy a Villada.
- Cuidado con ese pañuelo que es un regalo de tu tío.
De golpe ocurrió lo inesperado, el pañuelo se soltó de mi mano, y allí fue acompañando el descenso hacia la tierra, quedo asentado poéticamente cerca de unas flores de cardo, y mi saludo final fue para el
- Chau pañuelo de la abuela, un saludo, no olvides nunca que te dí la libertad !.
- Manolo recién empezamos el viaje y ya haciendo travesuras
- No abuela se me escapó, fue sin querer
- Sos un travieso, le diré a tu madre, ya vas a ver.
- Fue sin querer lo juro
- Siéntate y ponte a dibujar algo hasta que lleguemos
Allí comenzó mi obsesión, seguramente se me iba a ocurrir vaciar mis intestinos, justo cuando llegáramos a Casilda, una ciudad donde el tren paraba veinte minutos, y para la que faltaban solo diez kilómetros. Cuanto mas pensaba, mas seguro estaba que se iba a producir ese hecho y debía preverlo, allí es donde se me ocurrió la idea.
- Abuela tenes dos curitas
- Si tengo, pero no se si te las doy
- Dale abuela que las necesito
La abuela accedió, no era muy difícil, era tan buena que siempre aceptaba mis pedidos, y así fue como pegué el cartel que recién había fabricado, con mi Faber HB flamante, de mina gruesa, en el baño del tren.
Una verdadera expresión de cultura popular quedó instalado en ese lugar a través de las dos curitas que lo soportaban. Mi poesía para esa ocasión, aquella liberadora de los problemas decía así
- Me ha causado mucha gracia
- Este cartel estrafalario
- Sepan Señores Ingleses
- Que ningun culo anda a horario
Y cuando terminé de colgarlo, lo que suponía, fue ese acierto por partida doble. Me habían venido esas ganas que presentía y lo hacía con el tren parado en Casilda y mirando y releyendo mi cartel.
Viva la poesía, vivan los poetas que me comunican tanto todavía, y gracias a María Magdalena porque seguramente provocó ese recuerdo, distante en el tiempo y cercano en mis emociones, te sigo queriendo tanto abuelita que estoy seguro que no hay ni pañuelos ni carteles de ingleses que puedan alejarme de tu recuerdo.
Me gustaba que rabiara, me parecía que se preocupaba, demasiado, por cosas pequeñas. Que asumía, una excesiva responsabilidad en el cuidado de ese nieto de ocho años, que comenzaba a manifestarse como muy independiente, y tironeaba, por ganar esa libertad, que a veces, la abuela, intentaba restringir. En ese tiempo a mí, ya me interesaba jugar con las palabras, descubría nuevas, a veces leyendo el diccionario Losada por partes. Cuanto me gustaba, iniciar su lectura por cualquier lugar, y recordar esas palabras nuevas, que a veces usaba, en frases, en algunas conversaciones, que me servían para mostrar mi erudición.
Había comenzado ya a fabricar algunas rimas, me gustaba escuchar payadas en los circos, algunos versos me llegaban, aunque no encontraba bien la relación entre el mundo real y esa poesía que descubría, me fascinaba la prosa de Twain, ese Huck Finn me abría la mente y me situaba en un Missisipi, que sin conocerlo, me resultaba familiar. En poesía, estaba impresionando por Lorca, el del romancero gitano, y me parecía que nadie, después de él, podría hacer versos como esos.
Esa, fue la primera vez que descubrí que la poesía, podría acercarme a la vida real, y que sus ironías, sus versos, podían llegar a expresar, las angustias, los miedos, las adversidades, o las necesidades del hombre, con mejor expresión que la prosa. También superior a cualquier expresión volcada en un inexistente libro de quejas.
El caso es que en ese tiempo, debía acompañar al pueblo de nuestro familia, Villada, en la provincia de Santa Fé. Salíamos en tren desde Rosario, así llegamos temprano a la estación, con casi una hora de anticipación a la partida, ya que la abuela opinaba que el tren no espera. La realidad es que esta vez no era tan cierto ya que el tren tardó, casi dos horas, en comenzar sus desplazamientos. Mientras tanto yo bajaba cada rato del vagón de sillones de maderita y vidrios biselados con la inscripción FCCA, iba hacia el frente para mirar cuando, y de que forma, engancharían, esa nueva máquina.
Miraba ese gran pistón brillante, y suponía, que cuando comenzara, nos llevaría en un santiamén a nuestro destino. Recién al partir el tren hacia el pueblo, comencé a contar los palos del telégrafo, cada trece postes aparecía un cartel oval con un número que indicaba el kilómetro, sabía que cuando llegáramos al cartel que indicaba cien, estaríamos en el lugar de destino. En ese tratar de conocer cosas que hasta allí desconocía, comenzaron mis idas al baño, este estaba ubicado en el final del vagón. En la puerta, como una especie de antesala dos gruesas canillas y una oval palangana, todo el equipamiento comunes a los dos baños, identificados por género como varones y mujeres. La tarea de mojarse con esas canillas eran muy difíciles para un niño, ya que estas eran solo accionadas con el pie, y había que correr hacia el chorro para colocar el agua entre mis manos y sorberla, rápidamente, mientras se escurría.
En esas idas al Baño un cartel había llamado mi atención, el expresaba algo casi imperativo, algo que no tenía ganas de cumplir, el cartel decía :
- Prohibido usar este retrete estando el tren parado en las estaciones
Ver este cartel y necesitar explicaciones fueron casi una
- Abuela, que quiere decir retrete
- Es el baño, Manolito, el baño
- Y porque no se puede usar en las estaciones ?
- Porque si lo usas en las estaciones, los de esa estación deberían limpiar tus deposiciones, por eso te piden que cuando el tren pare, no se use.
- Si, pero que pasa si me vienen ganas cuando el tren esta parado
- Bueno es cuestión de esperar hasta que arranque
- Pero si tengo muchas ganas, abuela
- Tienes que esperar un poco hijo.
- Y quienes ponen esos carteles abuelita ?
- Solamente los ingleses son capaces de poner algo tan estrafalario.
No tenía ganas de respetar esta norma, me resultaba insostenible aceptarla, por eso comencé a pensar como quejarme, como expresar esa aberración desde mi impotencia.
La vuelta al vagón después de observar las canillas, la hice pasando rápidamente y tocando la cabeza de la abuela, se sobresaltó y le dije simulando sorpresa.
- Perdón, abuelita te habías dormido ?
- No, pero que haces niño ?
- Nada abuela estoy saludando a los que están en el campo
- Si, veo que algunos te saludan
- Préstame el pañuelo que lo voy a agitar
La abuela cedió a mi requerimiento, y ese pañuelo suave, con puntilla en los extremos, con esas florcitas verdes y rosas, comenzó a vibrar en mi mano.
- Chau, te saludo hermano chacarero, chau, chauuuu, adiós me voy a Villada.
- Cuidado con ese pañuelo que es un regalo de tu tío.
De golpe ocurrió lo inesperado, el pañuelo se soltó de mi mano, y allí fue acompañando el descenso hacia la tierra, quedo asentado poéticamente cerca de unas flores de cardo, y mi saludo final fue para el
- Chau pañuelo de la abuela, un saludo, no olvides nunca que te dí la libertad !.
- Manolo recién empezamos el viaje y ya haciendo travesuras
- No abuela se me escapó, fue sin querer
- Sos un travieso, le diré a tu madre, ya vas a ver.
- Fue sin querer lo juro
- Siéntate y ponte a dibujar algo hasta que lleguemos
Allí comenzó mi obsesión, seguramente se me iba a ocurrir vaciar mis intestinos, justo cuando llegáramos a Casilda, una ciudad donde el tren paraba veinte minutos, y para la que faltaban solo diez kilómetros. Cuanto mas pensaba, mas seguro estaba que se iba a producir ese hecho y debía preverlo, allí es donde se me ocurrió la idea.
- Abuela tenes dos curitas
- Si tengo, pero no se si te las doy
- Dale abuela que las necesito
La abuela accedió, no era muy difícil, era tan buena que siempre aceptaba mis pedidos, y así fue como pegué el cartel que recién había fabricado, con mi Faber HB flamante, de mina gruesa, en el baño del tren.
Una verdadera expresión de cultura popular quedó instalado en ese lugar a través de las dos curitas que lo soportaban. Mi poesía para esa ocasión, aquella liberadora de los problemas decía así
- Me ha causado mucha gracia
- Este cartel estrafalario
- Sepan Señores Ingleses
- Que ningun culo anda a horario
Y cuando terminé de colgarlo, lo que suponía, fue ese acierto por partida doble. Me habían venido esas ganas que presentía y lo hacía con el tren parado en Casilda y mirando y releyendo mi cartel.
Viva la poesía, vivan los poetas que me comunican tanto todavía, y gracias a María Magdalena porque seguramente provocó ese recuerdo, distante en el tiempo y cercano en mis emociones, te sigo queriendo tanto abuelita que estoy seguro que no hay ni pañuelos ni carteles de ingleses que puedan alejarme de tu recuerdo.
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