Articulo 67 bis

Articulo 67 bis

Siempre que mi amigo Luis tiene la buena idea de invitarme a su casa de la comunidad náutica, donde habita desde hace un tiempo, se que es un día donde tendré sensaciones muy placenteras. A veces se dan por el lado de lo turístico, otras por lo deportivo, otras en el recuerdo olvidado de anécdotas laborales pasadas. Son esos días que al completarse, uno queda con la sensación de haber encontrado cosas o historias perdidas que al revivirlas traen imágenes, como esas moralejas de la vida que pueden perdurar en la memoria.
Hoy también sé que me seguirán efervescentes estos hechos y por eso quiero compartirlos, como Luis compartió con nosotros esas fotos de la isla de Fernando de Noronha adonde llegaron después de una regata larga y febril. Esa isla que siempre pensé conocer estaba pixelada en esas fotos, llenas de gastronomía y amistad, porque salían de ellas esas imágenes, donde la postura hacia el fotógrafo estaban amarradas a la alegría del vino bebido y la seguridad de la tierra firme.
Habían completado con éxito una regata y eso estuvo ocupando la atención de los fotografiados durante los meses anteriores a esa llegada. Y estaban allí en la foto, como en esa tierra prometida, y pisaban esa nueva nave que era la isla.
Podían revisar allí sus sextantes y asegurar sus velas y timones, ahí encontraban el medio ideal para asegurar su regreso, que en medio de la travesía, ese regreso, aparece siempre como distante y complicado.
En la conversación flotaban esos temas náuticos, los míos mas terrenos, quizás también más banales, giraban en torno de Fontanarrosa, ese divertido autor de cuentos que siempre nos divertía.
Digamos que mis planes ante viajes y nuevas hazañas de los navegantes pasaban al olvido rápidamente, entre los elogios a la calidad y duración de la ropa de Musto y el destapar de una botella de tinto suave.
Las milanesas con ensalada y el vino tinto distendían esa conversación, que iba girando por el lado de la historia y la enseñanza de la náutica, sobre como Napoleón y sus manejos se insertaban en el aprendizaje de quienes entraban al mundo de la navegación, de cómo iban los alumnos de los cursos de náutica entendiendo esas grandes hazañas de la historia económica de Occidente, que siempre se reflejan en guerras.
Del porqué de esos hitos como la famosa batalla de Trafalgar, y de como los sucesos acaecidos en esa época habían cambiado nuestra historia. Podríamos pensar que hasta nuestra historia personal se habría visto influida por esos hitos de la cultura europea. También que la búsqueda de ese mundo mejor soñado desde la perspectiva de nuestros bisabuelos, podría haber sido diferente sin esos hechos.
De pronto Luis que me siempre me sorprende con nuevos conocimientos de esa parte de la historia que me interesan, demostraba su información sobre los fusilamientos de Madrid en 1802, con frases y referencias actualizadas de los hechos.
En un momento que la conversación había decaído, y las milanesas tomaban parte de un protagonismo mas especial, surgió un pedido de Luís referidas al amigo abogado, asegurando que Jorge, que así se llamaba, sabia muchas historias practicas de amor y desamor. Supe así que desde su especialización de abogado de familia el tema de conducir divorcios lo llevaba a conocer situaciones intimas, que resultaban tan divertidas como dramáticas o contradictorias.
Blanca la empleada de Luís expresó su curiosidad, queriendo encontrar una oralidad similar a las telenovelas de la tarde que tanto interesan a la audiencia femenina. El abogado sintiéndose en el centro de la escena tomo el guante y nos expresó con un indisimulado entusiasmo, tengo una historia que es anterior al divorcio, de cuando lo que se usaba legalmente en las separaciones era el artículo 67 bis.
Una forma extraña de definir al desamor legalizado, o de la desunión de los sentimientos, el nombre y la extraña forma de llamarlo, ya comenzaba a plantearnos una cierta curiosidad. Con Luís nos mostramos tan interesados en la referencia, que Jorge después de completar su porción comenzó con la historia con gran entusiasmo:
- Era en ese tiempo un joven abogado y trabajaba en los inicios de la documentación de una gran herencia, realizando esas primeras tareas que comienzan con las declaraciones de los herederos en los viejos tribunales de Martin y Omar. Entre los mismos apareció una señora de espigada figura, su nombre era Federica Osborne y lo hizo vestida con ropas donde se notaban un pret a porter de marcas conocidas.
En un aparte de la tarea me avisó que su hija, estaba con problema legales y necesitaba de una solución, que seguramente aparecería por el estudio a consultarme a la brevedad. Ella lo hizo unos días después, era esta joven señora una verdadera muñeca, me impresionaron sus manos cuidadas y unas pestañas que salían de lo común resaltando un ojos que al mirarme dejaban traslucir una calidez especial. Ana, que así se llamaba, estaba un poco nerviosa pero pasó sin rodeos a contarme su historia sentimental, no recordaba bien la fecha en que se habían conocido con Roberto, pero sabía que eran ambos muy pequeños.
Los dos participaban desde chicos en ese club de clase media alta al que sus padres los llevaban. Habían compartidos campamentos, vacaciones y la vida los había llevado hasta esa situación donde todos al verlos, opinaban, que eran dos almas gemelas encontradas en ese pequeño mundo.
Ella amaba de el esa seguridad rayana en la audacia para emprender todo tipo de aventuras, aun las desconocidas. Aunque la intimidad le mostraba a la joven algunos puntos oscuros en esa relación, ya que las hazañas de Roberto le parecían tan audaces como banales o desenfrenadas. Ella había sido educada con la creencia que una unión familiar debía edificarse sobre bases sólidas, edificar sobre roca, era el mensaje que guardaba.
No estaba segura de asentar esa unión sobre piedra pero también su educación le pedía no prejuzgar, y la atracción entre ambos existía.
Porque el era chispeante y divertido, por esos sus amigos lo endiosaban, y él no dejaba de ejercer un liderazgo natural en sus ámbitos. Ella no tenía demasiado camino recorrido, pero notaba que los parámetros que se tienen en cuenta en esos reducidos ámbitos de los clubes, no eran suficientes para su futuro familiar, cuando salían de esos ámbitos quedaba descubierto en sus actitudes una gran dosis de egoismo y morbosidad.
De todas maneras la posición social de Roberto era importante, y si se decidía con dedicación profesional a la actividad de sus padres, seguramente su patrimonio y su forma de vida quedaría asegurada. Además juntos eran exitosos y contaban con bienes y valores asegurados, así como ese valor implícito en contactos que trae una educación que se sugería como esmerada, pero que en realidad podría definirse como costosa.
Durante el desarrollo del romance hubo momentos difíciles, tironeos y actos de sucesivos egoísmos que fueron zanjados, Ana y Roberto escribían su constitución con artículos propios que los conducían a una unión que de hecho, y para los demás, ya estaba definitivamente formada.
La fiesta de bodas fue importante. Los padres de el se hicieron cargo de muchas de las obligaciones de la nueva pareja que en lo exterior era un verdadero dechado de virtudes, y en lo interior a raíz de esas conversadas escuchas maduraban, sin darse cuenta ambos, que la vida les ofrecía una oportunidad única e irrepetible, la de la felicidad para siempre. Pero una felicidad que sería solo para ellos, que no era bueno compartirla ni mostrarla demasiado, alejados de la ostentación y el desenfreno, con la austeridad del nido único y la fidelidad a los valores tradicionales.
Pero para Roberto tanto el deporte como la aventura, eran una razón de vida que le daba a su forma de vivir la adrenalina que necesitaba en cada momento. No eran las otras mujeres y su belleza el atractivo, tampoco era que fueran ni mas inteligentes ni mas seductoras que Ana, ya que esta era por lejos la mas atractiva de las chicas de esa generación que el conociera. Eran solo ese medio para aventurarse en otras latitudes, quizás como el navegante, que sin instrumentos ni cartas sale solitario a descubrir un nuevo mundo, encontrando en él la afirmación de sus dotes de navegante que aumentan su autoestima, y le hacen saber que el y solo el puede ser el gran hacedor de su destino.
En estos temas siempre hay motivos ocultos que conducen hasta la acción, esos momentos que solo estaban en el pensamiento. Y aunque del dicho al hecho hay mucho trecho para la mayoría, no sonaba tan cierto en las acciones de Roberto.
Con su mundito corto y con su inexperiencia y falta de comprensión de las nuevas realidades que aparecieron después de ese primer hijo, quedaron al descubierto fallas en el matrimonio. Así y con la atención de Ana disminuida bastante hacia el reciente padre, el descubrió el atractivo de una chiquilina voluptuosa de las que jugaban al voley en el club, y comenzó a prestarle una disimulada atención, terminando en salidas cada vez mas frecuente. Ya Ana iba muy poco al club, ocupada con Diego Roberto con el que tenia una excelente relación, sus clases de cocina que la mejoraban en su mundo real y con finales de sociología, que había venido postergando, pero eran parte de sus proyectos futuros.
Además durante medio día llevaba la tesorería de la Inmobiliaria de la familia de Roberto y donde el ejecutaba acciones de Marketing y las relaciones empresarias. Su vida económica era holgada y la pareja ante el aumento de la familia y con el pensamiento puesto en su próximo hijo, estaba por mudarse de su hermoso semipiso con vista a la plaza de la Catedral, a una casa en la zona del barrio Parque.
Un día sucedió lo que siempre parece evitable, Roberto fue sorprendido con la chica en la salida de un dudoso hotel. La chismosa que lo vio corrió, un poco por sorpresa y otro porque sus celos expresaban una cierta envidia, a contar esa novedad, ya que la misma resaltaba la competencia con sus amigos. Y no encontró mejor solución para desembarazarse del secreto que contarlo dentro del círculo íntimo de la exitosa pareja. El resultado fue que la presunta infidelidad llegó por esos medios a los sorprendidos oídos de Ana, que corroboró la historia en las siguientes semanas.
En ese conocimiento de la historia me encontraba como abogado cuando mi consultante, la bellísima casada, me pidió una solución sobre que sería necesario hacer en este caso.



Traté de explicarle que no encontrándose en el país todavía disponible el divorcio de la forma vincular que hoy conocemos, lo aconsejable era realizar una separación documentada a través de la operatoria que ofrecía el artículo 67 bis.
Ana agradeció con un gesto el consejo y expresó su deseo de iniciar rápidamente el trámite, ya que se sentía muy herida, Había calado muy hondo la traición del hombre, y su ego le decía que todo el amor de estos años había cesado por completo.
El amor estaba dando paso a una sensación extraña, mezcla de lástima y temor por su futuro, que se notaba en un rictus amargo de sus labios y en una despreocupación por su vida y la del pequeño Diego Roberto que estaba pasando, aun sin conocer la historia, momentos difíciles. En su mentalidad él niño ya notaba las frecuentes peleas que se suscitaban por las menores cosas entre sus padres, ayer felices y hoy tristes y amargos como cicuta, esa pócima que conduce a quienes la beben a una inexorable muerte.
Todo fue realizado como Ana lo decidió, separados ya de cuerpo los esposos, la traición se fue haciendo más llevadera, si bien ella no tenía relaciones con otros hombres, su cuerpo que por imperio del dolor había enflaquecido, llevaba a la recién separada a la situación de excesivamente apetecible en su nueva realidad amorosa. Había dejado de trabajar y solo intentaba continuar con sus estudios sin mucho éxito, ya que el veneno le volvía al doblar cada una de las hojas de su vida.
Un día que salía para llevar al niño al médico, se encontró con Héctor, un amigo íntimo de Roberto y este entre lisonjas y sin ningún miramiento la invitó a compartir una tarde. La excusa era que le contara alguna de sus angustias con la idea de consolarla. Y que juntos analizaran cuales serian las mejores alternativas para salir de esa especie de depresión en la que se veía. Ana pensó que no era el momento todavía para realizar salidas, que su duelo estaba presente, y que salir era conversar sobre un mismo tema, estimaba que seria muy aburrida en otras conversaciones, y que no estaba preparada para avances amorosos.
Héctor la miraba con una mezcla de tentación y dulzura, y sentía que el nunca podría haber causado ese mal en una mujer tan bella. Mientras charlaban el brillo de los ojos de ella se iba apagando, duraban muy pocos segundos su sonrisas, y comenzaba con una histeria pronunciada cuando la conversación entraba en una mayor intimidad.
Es verdad no estaba preparada para aceptar que ese 67 bis la alejaba del amor, de alguien que podía haber seguido siendo para ella esa parte que necesitaba, esa alegría que le estaba faltando. Héctor notó los cambios en su estado y para cerrar su encuentro con hidalguía le ofreció su número de teléfono laboral para que lo llamara si lo necesitaba, le dio los datos de su radio llamada ante una eventualidad o una urgencia, todo esto lo escribió en una servilleta y quedaron en verse en cualquier momento en el club.
La servilleta quedó guardada durante un tiempo en la cartera de Ana, era una bolsa grande de color marrón, con una gran capacidad para depositar objetos útiles e inútiles, todos juntos conviviendo en ese clima de armonía que se forma en el fondo de una original cartera femenina.
Héctor no le contó a Ana que seguía jugando al fútbol los martes con su ex, que se veían a veces los sábados en una disco, y que frecuentaban el sauna finlandés del club compartiendo algunas confidencias, sobre todo desde la separación de su amigo.

El problema de Ana era que las noches le parecían muy largas, y siendo tan largas y disminuyendo los ruidos del día se amplificaban los silencios, llenando de miedo a la madre que sentía la responsabilidad de cuidar a ese retoño que crecía amoroso a su lado. La madre dejaba a veces su lecho, el que había sido nupcial, para mirar en las noches a su hijo que con una cabellera tan rubia como su padre se iba pareciendo mas y mas a él, hasta en sus contestaciones, no siempre corteses o dedicadas. Pensó en varias alternativas para sentirse más segura, recordando que uno de los amigos de club, otro de los que compartían mesa con su ex, tenía una armería en la calle Belgrano, cercana al mástil, su nombre era Adrián Burne.
Una mañana Ana busco a Adrián para decirle que necesitaba comprar un arma y que tenia idea de comenzar clases de tiro, el amigo común le indicó un par de lugares para comenzar el entrenamiento. También le sugirió un arma elegante, una pistola de mano que hacia juego con la portadora, a quien la primavera comenzaba a iluminarle el rostro, encontrándola Adrián tan bella y radiante como en esos días juveniles.
Ana era previsora, y encontró un lugar dentro de la casa donde guardar el arma y que estuviera a mano ante eventualidades, pero también que estuviera a salvo del niño de la casa, que algún día seria un púber curioso, interesado en conocer todos los utensilios que se encontraban en sus cercanías y su forma de usarlas.
Roberto comenzó a extrañar a su esposa, quizás comprendió que su temperamento le había jugado una mala pasada, sus padres insistían en un arreglo de la situación porque necesitaban al hombre de negocios y no al hijo que había vuelto a casa con su alegría perdida y con su sensación de haber sido expulsado del paraíso.
Ya en el tiempo anterior a la traición, esa que Roberto no conseguía expresarla en sus justos términos, llamándola aventura, desliz, o con otros eufemismos que expresaban una cierta hipocresía, Ana y Roberto habían comenzado a buscar el segundo hijo. La no concreción de estos propósitos por motivos de esa separación era para los abuelos la causa de una gran tristeza de la que no podían recuperarse.
Diego Roberto con sus cuatro infelices años, iba siendo ya mas compinche de su padre y comenzaba a necesitarlo mas, comprendiendo la situación en la que estaba, quizás sus abuelas le hablaban del tema, el 67 bis estaba presente en su vida de niño, y a pesar de las frialdades emotivas en que se desarrollaba su vida comenzó a entender la situación sin gustarle.
Por eso quizás comenzó a expresarle al padre que quería verlo los sábados a la noche y después los domingos a la tarde para compartir la TV donde gozaba mucho viendo a los payasos españoles Gaby Fofo y Miliqui. Y después de la cena estaba Carlitos Balá a quienes le habían mandado su chupete consiguiendo con ese simple acto dejarlo para siempre. Un logro del pequeño que los padres habían celebrado juntos, compartiendo la hazaña con la satisfacción de una pareja que sin entender el objeto del 67 bis, comenzaban a convivir en la absoluta ignorancia legal del artículo.
Quizás en su necesidad Ana entendía que Diego era de una fabricación anterior a la traición, y eso hacia mas soportable la relación en cuanto al tratamiento del hijo común. Así el acercamiento fue cada vez mayor, algunos sábados era mejor que Roberto se quedara porque el domingo a la mañana llevaba al niño a la plaza Mitre, donde se divertían de lo lindo padre e hijo, mientras mamá dormía o se encerraba en algunos mutismos cada vez menores.
El clima de los fines de semana era para el matrimonio en revisión cada vez mejor, y así fue que llegando Diciembre y sus fiestas, la abuela materna Federica, le propuso a Ana intermediar para hacer que ella y Roberto iniciaran una nueva relación.
Una relación basada en la esperanza de derrotar a esa separación que había atrasado sus aspiraciones de mas nietos, tan lindos como el querubín que ya tenían, Ana era su única hija, ya ella había perdido dos embarazos y la vida le había obligado, no sin reproches y amarguras que llegaban hasta la maledicencia de los hombres corruptos, a aceptar esa realidad.
Fue ese fin de año después de los festejos en el CASI, que coincidían con la obtención del campeonato nacional, que todo volvió a ser tan redondo como todos querían. Un clima de optimismo invadió junto con el año a esa pequeña comunidad de amigos, que había sufrido cerca de ellos el desgarro que significa ver separarse a unos amigos de quienes seguían pensando que estaban hechos el uno para el otro.
La vida parecía otorgarle razón a Federica y sus deseos de una nueva unión y así fue anunciado para Octubre el nacimiento de una niña que seria llamada Dafne, y que al nacer en el Sanatorio San Lucas fue calificada por las abuelas de belleza angelical, con esa gracia femenina que le daba su ascendencia y con la alegría contagiosa del padre.
Una síntesis perfecta del matrimonio que llegaba para sellar heridas visibles y para cicatrizar todas las invisibles que necesitaban suturas, para bien de esa sociedad local que compartía con alborozo las necesidades emocionales de los esposos.
A Roberto le gustaba mucho jugar con su nena y lo hacia en cada momento que podía. Era razonable ya que había perdido tiempo con el 67 bis y la infancia de Diego se le había como escapado rápidamente. Este ya mostraba destrezas deportivas en el club de sus padres.
Ana había vuelto a su trabajo de medio tiempo y solía volver antes de las seis de la tarde a la casa que ahora ocupaban y que les ofrecía mucha comodidad. En realidad ella usaba las mañanas para entrenar un poco en el club, ya que había vuelto a jugar tenis con amigas, después hacia algunas compras en un supermercado de Libertador y volvía rápidamente a la casa.
Luego de un almuerzo liviano, obligada a mejorar su figura anterior, salía para asistir al padre de Roberto en sus tareas empresariales, llevaba muy bien la agenda de su suegro y eso la llenaba de satisfacción.
Atrás y en el mayor de los secretos habían quedado sus escapadas, que fueron muy comentadas, Héctor fue en realidad rescatado de esa servilleta, en una noche donde la angustia convivía con el dolor de ya no ser.
Los encuentros fueron breves, y solo consumaron una vez, quizás porque quería que los amigos de su infiel marido la conocieran y vieran todo lo que el perdía en su marasmo y su desorientación. También Daniel el cuidador de el sauna vivió una tarde con ella, sabia de su amistad con Roberto y lo hacia para atrapar ese olor húmedo que sentía el, cuando esas noches después del entrenamiento alternaba el sauna como medio para amortiguar dolores y músculos cansados.
Y fue Adrián, el que trajo con toda gentileza el arma a su casa esa noche que Diego había quedado dormido temprano, una recompensa a su tarea que el esperaba y quizás también necesitaba.
Así también Adrián la llegó a conocer en esa intimidad similar a la que conocía de memoria Roberto, sensual y atractiva, mujer fatal que solo necesitaba siempre de un hombre pero que ya tenía cuatro, prometiendo ir por mas, en discretas reuniones de amigas de facultad, que se divertían con sus historias amorosas.
Ora et labora pensaba Ana en sus tiempos de desesperación, cuando la traición la horadaba en el alma y ella rezaba, ahora trabajaba con su suegro, el Ingeniero Civil Oscar Carbone, ese que tenía sus citas cubiertas y que quería desde ese año trabajar menos tiempo. Esto lo hacia un poco por requerimiento medico, y otro porque estimaba que ya debía delegar tareas, por eso le pasaba llamados a su hijo Roberto excelente Ingeniero Industrial especializado en Construcciones con medalla al merito del ITBA.
También iba recordando ahora con cierta alegría, aunque no olvidaba la amargura anterior, los momentos en que había orado ante ese corazón de Jesús que la miraba desde la plazoleta de Anchorena, frente a la Catedral, cuando las iglesias cerradas por el horario no atendían sus pedidos. Y cuando temía en esas noches largas no encontrar la actitud conciliadora que le diera una paz momentánea, que aunque pequeña, no alcanzaba para disipar el odio de la sexualidad desenfrenada que la había herido en sus mayores profundidades.
Todos esos eran los pensamientos de la hermosa señora que caminaba por la vereda par de Belgrano para su casa en ese barrio casi privado de San Isidro, donde todo era armonía.
Al entrar vio la luz prendida en la habitación, en realidad vio que la prendían y volvían a apagarla, fue directo al cuarto de Dafne y no la encontró, supuso entonces que el padre la había llevado a pasear como solía hacerlo con esa chiquita por la que Roberto se mostraba obnubilado.
No hizo ningún ruido cuando entró al cuarto casi subrepticiamente, y lo encontró a el en una posición que mostraba a las claras que había iniciado algún juego erótico con una niña tan pequeña como indefensa.
Pensó en la sensación amarga de encontrar que debajo de esas sábanas, que tiró rápidamente hacia atrás, y sobre los que ellos habían realizado su amor la noche anterior, estaba su hombre tocando esa vagina pequeña de su niña y apoyando sobre ella su sexo. Un sexo que volvería ya a negarse para ella, porque era algo inaceptable después de esta revelación aceptar esa monstruosidad deleznable. Allí quedo claro que esa extraña necesidad de sexo que Roberto escondía había quedado sublimada por las caricias y las atracciones que ejercía día a día desde el nacimiento, su hija.
-Te lo puedo explicar
Dijo el escondiendo su pecado entre las sabanas pero fue inútil, ya ella había salido hacia el lugar donde guardaba el instrumento que le daba la seguridad que este infame le quitara.
Cuando volvió, se preocupó solo por apuntar bien a el, la niña estaba en el otro extremo de la cama, y sintió por sus exclamaciones que había acertado por lo menos con dos de sus balas, Roberto era fuerte y tenia condiciones de atleta, había sido un puma vigoroso y efectivo en su adolescencia, pero un plomo dentro del cuerpo, con el dolor que causa, quita la coordinación muscular en forma total.
A pesar de su confusión supo que tenia que salir de allí, porque también estaba en peligro Dafne y ella tenia tres tiros mas en la recamara. Además ideas escondidas le llegaban a la cabeza, había llegado el momento de vengarse de esas infidelidades que habían convivido con el, ahora recordaba lo de Héctor, mantenido en secreto por ambos, también lo de Daniel que lo miraba con sorna cuando iba por el sauna, y lo de Adrián ese hijo de mil perras que hasta le había conseguido ese arma que brillaba en su mano.
El dolor era fuerte, pero recordó que en la cocina estaba ese juego de cuchillos Solingen, sintió que era lo que necesitaba, estaban asentados en su soporte, como cuando los recibieron como regalo de casamiento, y en su brillo veía los ojos de los tres desgraciados que habían jugado con ese pelo sedoso y su piel suave, que habían conocido sus partes intimas que el quería solo para el, y tuvo que compartirlo, solo por esa maldita sed de venganza.
- Maldita mil veces maldita, como reniego haberte conocido.
Diciendo así Roberto le asestó las tres cuchilladas que fueron a dar, uno en la pierna blanca con la que Ana se había protegido, la otra en el brazo y que necesito de meses de internación y la tercera en la puerta de roble que habían elegido entre los dos cuando reformaron la nueva casa.
A la mujer la salvó la debilidad del hombre baleado que perdió fuerzas cegado por su odio, a el la llegada de la Urgencia Medica, que apareció al ser requerido por un vecino que intuyó que eran tiros los que sonaban en la casa del matrimonio recién mudado. Vecinos agradables a pesar de la rotura de ese 67 bis que reaparecía de nuevo en sus vidas, para aceptarlo ahora y para sentirlo de ahora en adelante como la cosa más necesaria para ambos.
Agonizaban ellos, sin analizar sus culpas ni aceptar su destino de infelicidad, pensando que quizás mañana serian solo una noticia del diario local. Sin superar tampoco esa prueba de convivencia que se expresa en la negación de las tentaciones para unos o en la aceptación de las realidades para otros, o también en la limitación de los deseos para convivir en este tipo de sociedades que llamamos humana.
Llegaron a esto que debió ser para ellos, para Ana tan hermosa, y para Roberto tan seductor, ese final feliz que fue negado como un fin desde el principio.

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