Berlín, Berlín, qué grande sos

Prólogo de Guillermo Kube con motivo de su publicación en el periódico “El Argentino” de la ciudad de Chascomús, en julio del 2008.

Mientras me reponía de una operación, en mi departamento de Buenos Aires, me visitaron muchos amigos.

Entre ellos también vino Manuel, con quien nos conocemos hace más de veinte años. Compartimos largas horas de trabajo en varias empresas de Buenos Aires, también compartimos muchas horas de charlas y filosofamos sobre la vida, en las horas del almuerzo y en los innumerables viajes, que por razones de trabajo hacíamos. Hoy los dos estamos jubilados y Manuel desde entonces se dedica a lo que siempre le gustó, escribir cuentos, historias de vida, novelas.

El día de su visita, yo estaba leyendo sobre el bloqueo de 1948 a Berlín y sobre los “vuelos de la dulzura”.

Vi que Manuel se interesó sobre el tema, le mostré muchas fotos de un libro, que me regaló otro amigo, con imágenes crudas del Berlín de posguerra.

Dos días después, Manuel me llamó por teléfono, y me dijo: escribí un cuento sobre lo que hablamos el otro día, te lo mandé por mail, a ver si te gusta.

Vaya que me gustó, Manuel me ubica en su historia, viviendo en Berlín. No fue así, si bien soy berlinés, los años de la posguerra, hasta 1951, los pasé en Baviera, sin dulzuras desde el aire.



Para Guillermo amigo.

Cómo elogiar esta epopeya. Cómo empezar esta historia que habla de actos heroicos, de hidalguías profundas, pero que también habla de sufrimiento, de falta de justicia, de necesidad de reparación, del prójimo cercano.

 ¿Es posible el gozo sin las sombras?

Estos hechos se desarrollan en dos planos, el de la historia pura que solo cuenta hechos, refiere fechas, sabe que hay sentimientos pero no los detalla, porque en sus crónicas no hay espacio para pasiones. Aunque incluya niños, aunque haya gente, aunque la inocencia aumente la injusticia. Y también el de los sentimientos, expresados en esa literatura que no se olvida tan fácilmente de las emociones, de la gente. Tenemos propensión a la primera y nos olvidamos de pensar que en Berlín, la ciudad de la que vamos a hablar, había más de dos millones de personas, que eran humanos, que querían comer y abrigarse, y que también necesitaban amar y ser amados. Y también había colinas, montañas enanas como hechas para chicos, que acercaban la distancia hasta el cielo claro. También había aviones con americanos que los conducían, y había hombres y niños, y sentimientos que afloraban, había muertes en ladrillos destruidos y vida  en cada flor que aparecía. Muchas veces olvidamos estas referencias por pensar en datos, en hechos ocurridos o en estadísticas que no admiten comparaciones. 

Para comenzar voy a centrarme en una fecha, esto ocurrió en Junio de 1948 y vamos a presentar dos historias paralelas pero diferentes, la de un chico argentino que a lo mejor soy yo, que en ese entonces era feliz en un pueblo de la pampa santafesina, algo parecido a vivir en el Chascomús de esa época. Las diferencias podrían estar expresadas en unos habitantes más, o unas casas  diferentes, pero todas argentinas y no germanas, casas que estaban sanas y no rotas.

Mientras mi amigo Wilhelm estaba allá, entre ruinas de hombres que no conocía, yo aquí escuchaba un cuento contado por María Magdalena mi abuela asturiana; una historia dulce con casitas de chocolate y mazapán. En mi recuerdo también veo mi madre pasando a cada rato por la cocina calentada por la estufa alimentada a marlos de maíz, y hasta tomando y cambiando partes de la historia narrada. Y noto su conformidad, expresada en sonrisas, criaba sus hijos en esta isla que era Argentina. Sus simples temores no la preocupaban; sabía que sus hijos tenían paz, tenían también alimentos y algunos juguetes. Con eso estas dos mujeres, una europea y otra americana, se sentían felices. Y recuerdo a mi padre, entusiasmado, como jugando con mapas coloridos, clavando alfileres sobre esos lugares donde había estruendos, donde había muerte, donde faltaba tanto. Mientras tanto Wilhelm - mi amigo alemán-  vivía otra historia de dulzura quizás insuficiente. Porque dentro de la guerra hay cosas amargas, y otras que a veces tienen esa pizca de dulzura. Un poquito que es a su vez mucho para el momento, porque él estaba con su madre amorosa, con sus hermanos juguetones, y contaba con la seguridad que le daban sus abuelos. 

Seguía pensando en mi infancia, y recordaba cuando venía mi tío a visitarnos con su cargamento de chicles americanos, nos permitían hacer globos, tenían un chiste en papel de seda, y cuando el tío Manuel los iba sacando del bolsillo, mi hermano menor y yo nos alegrábamos, y subíamos la voz y pedíamos más.

Y nos daban más, sin saber que la crónica en Alemania en ese año decía:

“Ayer sucedió en Berlín un hecho curioso, un número de niños indeterminado estuvo con el piloto americano Gail Halvorsen, y le fueron obsequiados dos chicles americanos que llevaba en su bolsillo”. Estaba con ellos Wilhelm Kube, agregaría yo.

El hecho referido históricamente diría que Berlín, y su heroica gente, habían terminado con su bloqueo. Cuando los rusos, emulando a los tirios, bloquearon a los troyanos berlineses, lo hacían porque esta capital política e intelectual de una Alemania devastada había quedado muy cerca de su territorio. Una carretera de trescientos kilómetros la conducía hasta las otras tres zonas, donde ingleses, franceses y americanos ejercían su tutela. Pero los rusos estaban allí para algo más que los otros. Seguían empeñados en forzar su conquista, querían esa ciudad como parte del botín de guerra. A Berlín solo podían salvarla unos bravos aviadores, que llegando diariamente pudieran abastecerla y darles comida y medicina a esos heroicos alemanes que estaban dispuestos a resistir con su moral casi quebrada. Habían salido perdedores de esa guerra y solo contaban con su dignidad, y un valor que no parecía escaso. Algunos pilotos compartieron ese estoicismo con los germanos y se comprometieron con la resistencia. Estaban dispuestos a realizar un puente aéreo tan eficiente que todos los días, a todas las horas. Así, esos hombres valientes tendrían algo para comer.

 No solo la comida debía llegar por aire, la energía no sobraba tampoco, las horas de electricidad eran solo dos por día y en horas de la noche. Hasta el carbón llegaba por aire, la nafta nunca llegaba. Para amortiguar esa provisión se derribaron árboles de las plazas y se permitía el uso de esa leña. Las fotos que se veían eran impresionantes. Todo devastación, todo ruinas, menos las caras de la gente donde se veía la esperanza. Tenían un plan que parecía un milagro: hacerle saber al mundo que aunque los soldados rusos se  situaran en sus entradas con sus aires de ganadores prepotentes, ellos aflojarían. Y menos aún si algún osado americano los ayudaba. Porque esa ayuda era como decirles: “Alemán te quiero, no me importa si esta vez has perdido”.

Cuando Gail llegó esa tarde estaba muy cansado, no había demasiados pilotos para manejar esos grandes aviones, que debían salir desde el territorio americano. Había que abastecer a Berlín con las 12.000 toneladas diarias que requería, debían transportar esos bienes necesarios y no sabían hasta cuando.

A veces odiaba este trabajo, ya le estaba molestando esa tarea de volar casi todos los días. Solo tenía veintisiete años y una sola cosa lo compensaba, era la alegría que le mostraban los niños que subían a la colina cercana al aeropuerto y lo saludaban con entusiasmo cuando aterrizaba en Berlín.

Pero ese día para el americano no sería un día cualquiera. Había escuchado voces cantarinas de alegría en su aterrizaje y quería ver de cerca a esos pequeños héroes, que a pesar del calor y de su escaso alimento, a pesar de la falta del agua vital y de sus interminables pesares, llegaban allí para emocionarse ante la llegada de ese avión grisáceo y aburrido. Después de un aterrizaje casi perfecto, salió del aeropuerto, se cambió sus ropas, y se ubicó con disimulo entre las personas que estaban en la colina. Él seguía mirando a los niños, advertía sus ropas con remiendos, quería preguntarles sobre sus padres. Sabía que muchos de ellos no los tenían ya. Pensaba que en sus hogares faltaría casi todo y cada sonrisa era una invitación a la esperanza. Gail tomó una resolución: nunca más pensaría en su cansancio, no se permitiría aflojar. Esos rusos no podrían ni siquiera pensar en dominar Berlín mientras él estuviera volando. Mil trescientos ochenta y tres vuelos se necesitarían para conseguirlo. No era poco, pero aceptaba el desafío.

 - Eso era lo que sentíamos -dijo el aviador- Y así como yo, lo sentían todos los pilotos americanos.

No iban los rusos a tener a Berlín sin amor, era como una walkiria indigna que no admitiría esa violación mientras Gail viviera. Berlín libre se había convertido en una obsesión para él, como la Dulcinea de los sueños del Quijote. El americano en la colina consiguió hablar con los chicos, nunca se supo si ese niño de pantalones de sarga azul llamado Wilhelm habló con él, lo que sí se supo después era que Mercedes, Hans y Fritz lo hicieron, y que les gustó a todos la conversación inteligente que consiguieron tener en su media lengua. La admiración sobre el piloto superó el idioma. Porque en la torre de Babel también se entendieron antes de partir hacia otras tierras. Y esa colina del amor profundo se parecía quizás al monte de los Olivos donde empezó una pasión que no termina, que aún moviliza una cruzada emociones. Contento Gail quiso premiar a sus amigos. Sacó dos chicles, como esos que yo comía en exceso. Pero dos no alcanzaban. Se los repartieron en pedacitos, no eran como los peces y el pan que se multiplicaban y Wilhelm dijo en su buen alemán:

-    A mi pueden darme el chiste que los envuelve, porque me gusta mucho sentir el olor de la frutilla.

Cuando el piloto notó la necesidad de esa tropa de párvulos y adolescentes con moral, les avisó que si lo miraban cuando volviera, él iba a tirarles alimentos desde su avión.

 - ¿Y cómo sabremos cual es, si todos los aviones son iguales? 

- Cierto, pero el mío inclinara las alas, primero una y después la otra. 

- Gracias, te lo agradeceremos mucho, amigo americano. 

Diría también la crónica que Gail fue descubierto. Y lo fue el día que una servilleta donde envolvía chocolates cayó en la cabeza de un periodista que lo escribió en su diario al día siguiente. Por eso el piloto fue citado por su comandante. Pero su historia era tan fuerte, tan honesta y tan profunda que en poco tiempo el piloto era ayudado por otros en su tarea. Recibió oficialmente un permiso especial y pudo seguir asistiendo a sus amiguitos, esos que eran felices cuando lo veían, cuando las alas con su movimiento lateral les hacia saber que el piloto amigo, el misionero de la colina había vuelto, y que esa noche, su porción de proteínas sabría mejor, sería más rica.

Una niña de aquel día, de nombre Mercedes Wild, con más años ahora pero sobreviviente de esa odisea lo contó, y su más expresiva afirmación fue hecha sobre los pilotos.

 - Los pilotos en Berlín eran muy importantes, eran como nuestros padres. 

Como no serlo, si eran como esas Teresas que ayudaban a los moribundos, cuando nadie ayudaba. Ahora mi sentimiento emocionado vuelve al héroe joven, al quijote generoso representado por Gail. ¿Porque esa persona importante era tan amigo de los niños? Y la respuesta que imagino lo agiganta, lo ennoblece. Solo porque era un justiciero, porque sabía de la falta de equidad que existía con esos niños, que como mi amigo vivían una guerra que no habían elegido, vivían y morían con ese flagelo del que no eran responsables sino victimas. Y en el final me pregunto ¿Cómo no voy a querer a esos Wilhelm, a esos Fritz, a los Hans y las Mercedes? Porque al evocarlos con mi chicle completo en la boca siento un nudo que me llena el lugar del corazón y mi voz tratando de alcanzarlos, y mi escritura que intenta superar nuestra distancia persiguiéndolos hasta Berlín les dice:

Sueñen, disfruten, jueguen, amen, los quiero mucho. Niños de la colina, por favor no se mueran nunca. Y suerte que estás cerca vos Guillermo, el que eras Whilhem, suerte  que te tenemos a mano. Porque así podes recibir nuestro cariño, el que te faltó en la Berlín heroica cuya historia sigue golpeando en mi cabeza. Con esa guerra que no debió ser, que no entiendo ahora, y solo puedo decir, expresando mi admiración simple, mezcla de amor y alegría sincera: Berlín, Berlín, que grande sos.   

Martínez, Agosto de 2008. 

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